Pídeme lo que quieras, Salomé

Wilde convirtió a Salomé en una historia de deseo, sexo, muerte, sangre y pecado.

A causa de la polémica que provocaban sus textos en la puritana sociedad victoriana británica, el dramaturgo y escritor Oscar Wilde publicó en Francia en 1891, Salomé, que no llegó a presentarse públicamente en escenarios londinenses hasta 40 años después.

Aquel “hombre del clavel verde” parecía divertirse provocando a las buenas conciencias de su tiempo con puestas en escena inteligentes, desafiantes, bordadas con agudos juegos de palabras que contenían una gran sabiduría y llevaban a los flemáticos ingleses a plantearse cuestionamientos incómodos y, por lo mismo, indeseables. En una sociedad decadente Wilde era el más exacerbado de los decadentes que tenía la cualidad de usar su voz, sin importar a quién perturbara.

La bella Salomé es el sinónimo de la sensualidad perversa que, influenciada por su madre Herodías, vende la magia de su baile con objetivos oscuros. Si fueron siete velos o sólo uno, pasa a la historia porque según el Nuevo Testamento y una que otra leyenda, es la mujer responsable de esa imagen de la cabeza de Juan El Bautista ensangrentada en una bandeja de plata, aquel que anunciaba la llegada de otro “más grande que viene después de mí”, del Mesías al que él mismo bautizó en las aguas del río Jordán. En torno a ella se ha escrito y filmado mucho, pero sin duda lo más conocido es la interpretación de su historia, ciertamente muy personal y tomándose algunas licencias, escrita por el autor de La importancia de llamarse Ernesto.

La Biblia asienta que Juan El Bautista era lo que hoy sería un “revoltoso subversivo” que condenaba a los cuatro vientos el divorcio y matrimonio incestuoso de Herodías con Herodes Antipas, hermano de su esposo. Fue Herodías, harta de las murmuraciones desatadas por el profeta, la que orilló a Salomé a pedir su cabeza.

Pero Oscar Wilde le dio una vertiente diferente al relato y lo convirtió en una historia de deseo, sexo, muerte, sangre y pecado, restando importancia al personaje de Herodías y presentando a Salomé como una mujer sensual y lujuriosa, atrapada en una atracción irresistible hacia Jokanaán (Juan El Bautista) y que, al verse despreciada por éste, exige que su cabeza le sea entregada después de bailar para Herodes, quien siente el mismo deseo irrefrenable por la hija de su esposa y está dispuesto a complacerla con lo que sea si le dedica uno de sus voluptuosos bailes.

En el Teatro Helénico se representa actualmente una versión moderna de Salomé. Con la adaptación y dirección de Mauricio García Lozano está protagonizada por Irene Azuela que se adueña bien del personaje. El aspecto aniñado y frágil de la actriz de El buen canario hacen que su Salomé se vea como una niña en curso de convertirse en mujer en el desarrollo del único acto de escasos 70 minutos de duración. Aunque también es su aspecto juvenil el que puede dificultar que sea convincente como la mujer lujuriosa capaz de todo al sentirse despreciada. Sin embargo, es la escena del baile, muy difícil por cierto, la que Irene sabe aprovechar bien para construir una Salomé mucho más sólida, y hasta torcida y perversa cuando recibe la cabeza del Bautista (Jokanaán) en una verdadera orgía de sangre.

Azuela tiene ciertas dificultades para desenvolverse con libertad a causa de lo reducido del escenario, lo que sucede con los otros diez actores del elenco que están en escena durante todo el acto y llegan a verse amontonados en un espacio demasiado pequeño, que reduce casi a su tercera parte el foro del Teatro Helénico,  sin que en mi opinión esto beneficie la representación.

Salomé es una pieza difícil que es todo un reto para sus productores y el público, además demanda mucho de los actores.  La puesta en escena en un campo tan reducido genera cierta sensación de claustrofobia en el espectador y, por momentos, algunos actores tapan a otros y no se tiene un dominio cabal de lo que sucede en el escenario, sobre todo cuando Salomé baila para Herodes. Le sugiero a usted que busque butacas ubicadas en el centro del teatro y evite sentarse demasiado cerca del escenario. Destaca en la escena José Sefami como Herodes, Aída López como Herodías, y sobre todo Leonardo Ortizgris como Jokanaán en un perfecto dominio del lenguaje corporal y como una poderosa presencia sobre el escenario. Teatro Helénico, de viernes a domingo.

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