12 hombres en pugna: recargado

Siendo muy franca con ustedes cuando Jorge Ortiz de Pinedo me comentó que reponía Doce hombres en pugna, con la que tuvo un éxito sin precedentes en su pasada temporada en el teatro Helénico en 2008, me pregunté qué caso tenía. Comprendo que la tentación podía ser ...

Siendo muy franca con ustedes cuando Jorge Ortiz de Pinedo me comentó que reponía Doce hombres en pugna, con la que tuvo un éxito sin precedentes en su pasada temporada en el teatro Helénico en 2008, me pregunté qué caso tenía. Comprendo que la tentación podía ser irresistible, pero el público, más de 500 mil personas, guardábamos en la mente un espléndido ensamble coral de 12 primeros actores.

El sábado y en un  Foro Cultural Chapultepec lleno a reventar confirmé que la experiencia hace la diferencia y apenas cinco años después de ese gran éxito, Jorge y Pedro Ortiz de Pinedo se reinventan con once nuevos, pero experimentados actores que junto con Roberto Blandón, que repite en el reparto, montan de nuevo Doce hombres en pugna (Twelve Angry en, 1954)  del extraordinario texto de Reginald Rose que se llevó dos veces a la pantalla.

Nos habíamos quedado con esa imagen de don Ignacio López Tarso rodeando el escenario,  tratando de exponer su noción de inocencia arrastrando una pierna como uno de los testigos del crimen (hoy espléndido Fernando Becerril);  de Juan Ferrara como el autoritario padre que se proyecta en ese “juego” que lo convierte un poco en Dios, con la vida de un joven en sus manos (conmovedor Héctor Suárez); de Salvador Pineda como el furioso xenófobo, violento, prejuicioso, vulgar y hasta soez (muy bien hoy Juan Ignacio Aranda); de Aaron Hernán como la voz de una generación que pide conciliación, tolerancia, equilibrio (en un gran ejercicio de contención hoy es Gustavo Rojo); de Rodrigo Murray y José Elías Moreno como el ciudadano común, ignorante, al que el asunto lo tiene sin cuidado (Carlos de la Mota y Fernando Ciangherotti, respectivamente); de Patricio Castillo como el inmigrante refinado, con un pasado de represión que por ello sabe valorar el tener el derecho a una voz (como siempre muy bien Darío T.  Pié);  a Miguel Rodarte como el hombre originario de los barrios bajos que ha luchado por sobrevivir (un intenso Roberto Sosa); de Roberto Blandón repitiendo como el hombre pausado, articulado, que no pierde el estilo;  David Ostrosky tratando de imponer el orden entre ellos en un personaje interpretado hoy por Pedro Sicard; de Miguel Pizarro en la piel de un gris empleado que hoy está a cargo de Darío Ripoll que muestra que no hay personaje pequeño, y de Marco Uriel como el hombre elemental que tiene claros los límites de la convivencia y el respeto, hoy en la persona de Roberto Ballesteros.

Mención aparte en esta aventura es la que merece don José Solé en la dirección, que no hace un simple remake de lo que ya vimos en 2008 sino que se reinventa a sí mismo y a su puesta en escena. Remonta aquel relato que desde luego es el mismo de hoy, pero tiene la sensibilidad de renovarlo cambiando el ritmo, exacerbando la tensión de algunos momentos, acentuando el sentido del humor que ayuda al público a liberarse, a que corra aire fresco, a cambiar de posición en la butaca, a detenerse a preguntar: ¿yo qué creo? ¿es inocente o culpable?  Un enorme talento el del maestro Solé que nos reta de manera inteligente y sin repetirse.

Reginald Rose escribe Doce hombres en pugna en una década muy complicada para Estados Unidos, pero vigente hoy: la feroz discriminación racial; la Guerra Fría; el temor a lo externo, entiéndase el “diabólico” comunismo y los inmigrantes; el miedo a una conflagración nuclear y hasta los extraterrestres, todo tenía a la sociedad estadunidense sumida en una especie de paranoia que afectaba a todos de diferentes maneras. Rose estructura un mosaico antropológico perfecto en 12 hombres provenientes de diferentes estratos, con intereses opuestos, extraños entre sí, diversos niveles académicos por un lado y nula escolaridad por otro, esposos y padres de familia, arrogantes y soberbios unos, grises y mediocres otros más. Obreros y oficinistas; con refinamientos o con una hiriente vulgaridad. Todos y cada uno son la muestra de una sociedad atemorizada, falsa, puritana, moralista y superficial.

La magia del texto inserta a estos seres ordinarios en una situación extraordinaria, en la que tienen la invaluable oportunidad de desnudar sus almas y sacudir sus propios demonios para ya nunca ser los mismos.

No creo equivocarme al afirmar que este montaje de Doce hombres en pugna es como verla por primera vez. No se la pierda.

Foro Cultural Chapultepec. Muy corta temporada.

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