En memoria de Marcial Flores.
La democracia es un tema muy complejo en las facultades de política y la elección es una materia muy completa en las facultades de derecho. Pero, para no tardarnos dos semestres en esos dos cursos, me atengo a dos pláticas remotas con amigos que me sirvan de parangón en esta concisa nota.
La primera fue con un amigo quien lamentaba que sus padres lo heredaron en porción muy menor a la de sus hermanos, no obstante que él fue el hijo que siempre los atendió, los cuidó y los sirvió. Con la habitual y descarnada franqueza que mi profesión me ha formado, le dije que sus padres no le regalaron una herencia, sino que le pagaron una propina. Que no fueron sus padres, sino que fueron sus clientes y que no les debía nada, pero que no les reclamara nada. Mis palabras le dolieron, pero lo aliviaron.
Vamos a la política. En la democracia, el voto es una propina, no es una herencia. El ciudadano es un patrón y el gobernante es un siervo. No comprenderlo genera muchos riesgos. Es cuando el gobernante se siente dueño y cuando el ciudadano se siente limosnero. Tan equivocado como cuando el dueño se siente obligado a dejar herencias y cuando el heredero se siente con derechos para heredar.
La democracia participativa hoy no completa a la representativa. Primero, porque los sistemas tradicionales son muy limitados y muy alejados de la incorporación ciudadana. Segundo, porque se ha entronizado una partidocracia que ha desplazado a la participación libre de los ciudadanos. Por último, porque la democracia no instala un gobierno de las mayorías, sino tan sólo un gobierno de los vencedores.
Las grandes fuerzas políticas han producido decepciones y las pequeñas no instalan esperanzas. Pero, sobre todo, no tenemos democracia porque no tenemos demócratas. Casi todos quieren ser los únicos. Que no haya otros poderes ni otros partidos ni otras ideas ni otros derechos ni otras voces que no sean los de ellos. Así como los nuevos ricos no saben qué hacer con su dinero, los nuevos demócratas no saben qué hacer con su democracia.
La democracia mexicana se perfeccionó, pero ahora está decayendo. Algunos me dirían que nunca evolucionó. Que, parafraseando a Oswald Spengler, pasó de la barbarie a la decadencia sin pasar por la civilización.
Me preocupa que, algún día, la política y los políticos de mi país pudieran volverse violentos y estúpidos. Que abandonaran la idea, el proyecto, la hazaña, la conquista y los valores para dedicarse a la injuria, a la calumnia, a la intriga, a la mentira y a la traición. Que la valentía, la bravura y la valerosidad fueran suplantadas por la valentonada, la bravuconada y la baladronada.
La segunda plática que recuerdo fue hace años, cuando un querido amigo me expresaba su deseo de que México llegara a una democracia casi perfecta. Se asombró cuando le pregunté si realmente lo deseaba y si sabía que eso en nada le serviría a nuestro país.
Entonces le aclaré que, por su riqueza tan cuantiosa, por su inteligencia tan luminosa y por sus virtudes tan valiosas, él pertenecía a una minoría, no a una mayoría. Que, en muchas democracias, la riqueza enoja, la inteligencia molesta y la virtud estorba. Que, en una democracia perfecta, él no sería de los que mandaran sino de los que obedecieran. La democracia es una bebida fuerte. A veces salva y, a veces, mata.
En realidad, mi amigo tenía muy claros sus deseos y, de inmediato, los precisó. Él siempre fue un hombre muy de bien y un mexicano muy patriota. Lo que quería para México era el imperio de la libertad, de la justicia, de la soberanía, de la Constitución, del desarrollo y de la paz, atributos que nada tienen que ver con la democracia y que, en muchas ocasiones, hasta se han visto destruidos en nombre de la democracia.
No me cabe la menor duda. No son lo mismo ser patrón que ser siervo. No son lo mismo la herencia y la propina.
