Hay un hecho de la crisis climática de origen antropogénico que no termina de asimilarse del todo, a pesar de los impactos profundos y severos documentados en los sistemas planetarios. También pasa inadvertido en lo cotidiano, aunque afecte el bienestar y la salud de millones de personas en el mundo.
Se trata del incremento de las temperaturas y el calor extremo que provoca.
Hoy es impensable pasar por alto las olas de calor. Cada año se suman más días calientes.
Salir a la intemperie significa dificultad para respirar, el aire quema; con cada paso el sudor es excesivo; la piel arde, la cabeza duele; el suelo de tan caliente traspasa las suelas del calzado… así, viene la fatiga y el mareo. Moverse bajo estas condiciones es agotador y riesgoso. Ni la sombra da alivio.
No sólo es calor diurno, las noches también son cálidas y difícilmente puede conciliarse el sueño.
Las temperaturas por arriba de los 40 grados centígrados llegaron para quedarse y no todas las personas las viven igual.
Las comunidades en pobreza carecen de sistemas de refrigeración y no sólo las rurales, se incluyen aquellas asentadas en las grandes urbes.
El calor extremo no es un fenómeno a futuro. Lo padecen millones en el mundo.
Y mientras continúen subiendo las emisiones de gases de efecto invernadero, el calor se exacerbará y traerá una cascada de problemáticas relacionadas con enfermedades y hábitos saludables.
Algo tan cotidiano como decidir salir a caminar o ejercitarse al aire libre, recomendado por los especialistas de la salud para evitar enfermedades, será cada vez más un suplicio, no por gusto, sino porque el organismo se rendirá ante un clima que ya no le permite moverse con normalidad.
El estudio Inactividad física: otra víctima del cambio climático, publicado la semana pasada en The Lancet Global Health, basado en datos longitudinales —es decir, tomados en múltiples momentos a lo largo del tiempo— de 156 países entre 2000 y 2022, documenta la relación directa entre el aumento de las temperaturas y la reducción de la actividad física.
A medida que la temperatura sube, el cuerpo humano enfrenta mayores dificultades para disipar calor, especialmente durante la actividad física. Esto eleva el riesgo de estrés térmico, deshidratación y eventos cardiovasculares. Lo que antes era una caminata moderada puede convertirse en una carga física excesiva.
El hallazgo del estudio introduce una dimensión poco discutida en el debate climático, la interacción entre temperatura y comportamiento humano.
La mayoría de los modelos se centran en variables ambientales y económicas, pero este estudio incorpora un componente conductual que tiene implicaciones para la salud pública.
Así, la proyección es clara y alarmante, para 2050 el calor podría generar mayor sedentarismo, a tal grado de provocar entre 470 mil y 700 mil muertes prematuras adicionales al año. A eso se sumarán pérdidas económicas de tres mil 680 millones de dólares por la caída en la productividad.
Comprender estas cifras es poner en su justa dimensión los peligros del cambio climático y cómo afecta la vida cotidiana y la salud de cada quien.
Como es sabido, el sedentarismo es uno de los principales factores de riesgo asociado a enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2, ciertos tipos de cáncer y trastornos en la salud mental. La investigación plantea que el cambio climático podría amplificar ese riesgo no por elección individual, sino por restricción ambiental.
Más calor generará menos movimiento y más enfermedades. Un efecto dominó que podría redefinir los sistemas de salud en las próximas décadas.
El análisis también revela una distribución geográfica desigual. Las regiones más cálidas, como las del llamado Sur Global, muestran mayor sensibilidad a los incrementos de temperatura.
Esto se debe a una combinación de factores como condiciones climáticas de base más extremas, menor acceso a infraestructura adaptativa —espacios climatizados o áreas verdes— y mayor exposición a entornos urbanos con efecto de isla de calor.
Por ejemplo, en colonias o barrios densamente urbanizados, con escasas áreas arboladas y sombra, pero abundante concreto, hoy salir a correr no es opción. Tampoco lo es caminar largas distancias cuando el termómetro sobrepasa los 40 grados. En unos años, la alternativa será quedarse en casa.
¡Qué paradoja! Mantenerse activo dependerá del acceso a espacios adecuados, flexibilidad horaria, condiciones laborales y capacidad económica para adaptarse al calor. No todos podrán ir a un gimnasio techado y con aire acondicionado.
El cambio climático no sólo redefine el mapa geográfico del planeta. También reconfigura el mapa de lo posible en la vida cotidiana.
La adaptación requerirá intervenciones en varios niveles. En lo urbano, implica rediseñar ciudades para mitigar el calor que incluye aumentar cobertura vegetal, jardines de lluvia, desarrollar infraestructura que proporcione sombra y reducir superficies que retienen calor. Estas medidas no son sólo ambientales, tienen un impacto directo en la viabilidad del movimiento humano.
En lo institucional, será necesario ajustar horarios laborales, escolares y deportivos para evitar las horas de mayor calor. Estos cambios, aunque logísticamente complejos, ya se implementan en algunas regiones como respuesta a olas de calor extremas. La evidencia sugiere que podrían convertirse en norma más que en una excepción.
Pero las adaptaciones tienen límites. Si las temperaturas continúan aumentando al ritmo actual, habrá umbrales que ninguna infraestructura podrá compensar.
En ese punto, la mitigación —reducir emisiones, frenar el calentamiento— deja de ser una abstracción política y deberá convertirse en una urgencia de salud pública.
Quizás una de las imágenes más poderosas de la crisis climática no sea un paisaje devastado, sino una ciudad vacía en una tarde de verano ardiente.
