El imaginario colectivo de nuestro país, el felino más grande del continente americano, el jaguar, suele relacionarse su presencia únicamente con la Selva Maya, ese entorno denso y enigmático del sureste mexicano, donde su figura es emblemática y sagrada, cargada de poder simbólico: Balam.
Eso puede cambiar gracias a un reciente hallazgo, porque se ha documentado con pruebas que el jaguar está presente en Guanajuato, un estado impensado para muchos y que, sin embargo, forma parte de su hábitat.
Si bien es cierto que las más grandes concentraciones de jaguares se ubican en la península de Yucatán y en Chiapas, la presencia de este felino se ha registrado a lo largo del tiempo en cinco corredores biológicos clave que conectan las distintas poblaciones, de acuerdo con la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas.
Se trata de las regiones Pacífico norte (Sonora, Sinaloa, Chihuahua y Durango), región Pacífico central (Nayarit, Jalisco, Colima, Michoacán y Estado de México); Pacífico sur (Puebla, Morelos, Guerrero, Oaxaca, Chiapas, Tabasco y parte de Veracruz); península de Yucatán (Campeche, Quintana Roo y Yucatán), y noreste y centro (Nuevo León, Coahuila, Tamaulipas, San Luis Potosí, Guanajuato, Querétaro, Hidalgo, Puebla y parte de Veracruz).
Justo en la región norte y centro, específicamente en la Reserva de la Biosfera Sierra Gorda de Guanajuato, donde no había indicios de vida del jaguar, hace unos días se informó sobre el hallazgo de dos ejemplares adultos, una hembra y un macho.
Este descubrimiento amplía el estudio y la comprensión sobre la distribución de este gran felino y debe tratarse como una señal alentadora para redoblar los esfuerzos de protección y conservación de la especie en éste y en todos los corredores biológicos del territorio nacional.
Entre el 15 de septiembre de 2024 y el 1 de mayo de 2025, un equipo de investigadores de la UNAM, encabezado por Juan Felipe Charre-Medellín y Hernando Rodríguez-Correa, gracias a la instalación de 75 cámaras trampa en la Reserva de la Biosfera Sierra Gorda de Guanajuato, y después de 21 mil 375 días de monitoreo, se registraron 11 eventos independientes con los dos jaguares adultos.
La presencia marca un hito biológico, porque, durante décadas, la ausencia de registros convirtió a esta región en un vacío cartográfico dentro de la distribución de la Panthera onca.
Hoy, ese vacío ha sido llenado con evidencia científica gracias a la convergencia de tecnología, investigación rigurosa, participación comunitaria y financiamiento privado.
El hallazgo, documentado en la revista científica Check List, valida que la Reserva de la Biosfera Sierra Gorda de Guanajuato es un puente ecológico que conecta con los corredores de Querétaro, San Luis Potosí e Hidalgo, donde recientemente se han registrado poblaciones de jaguar. Esto indica que el felino continúa en movimiento en sus hábitats buscando no sólo sobrevivir a riesgos, como cambio de uso de suelo, tala ilegal, caza clandestina, crisis climática y fragmentación de los ecosistemas, sino también para prosperar en armonía con otras especies, incluida la humana.
Para lograr los avistamientos y registros de data científica, la tecnología ha sido una protagonista fundamental.
Las cámaras trampa —discretas y no invasivas— han revolucionado la forma de estudiar la biodiversidad, porque permiten documentar lo que el ojo humano no puede ver: patrones nocturnos, rutas de desplazamiento y coexistencia entre especies.
En el caso de la Reserva de la Biosfera Sierra Gorda de Guanajuato, las cámaras trampa revelaron que 80% de la actividad de los jaguares hembra y macho ocurre entre la noche y el crepúsculo (de 18 pm a 06 am), en ecosistemas como bosque de encino y selva baja caducifolia o bosque seco tropical.
La información recabada permitió trazar el movimiento a 20.5 km al suroeste del registro reportado en 1989 en Querétaro (hace 37 años), “a 50 km al suroeste de los datos reportados en San Luis Potosí en 2006, y a 90 km al noroeste de los de Hidalgo en 2013”.
No sólo eso. Además de la presencia del jaguar, se observaron 22 especies de mamíferos, que incluye cinco de felinos: puma, ocelote, tigrillo, jaguarundi y lince rojo, así como “especies potenciales de presa” como pecarí de collar, venado cola blanca, coatí de nariz blanca y armadillo de nueve bandas.
México hoy cuenta con la tecnología y un sólido conocimiento científico para salvar al jaguar de la extinción. Este caso demuestra que la conservación efectiva es un proceso social.
Las comunidades locales participaron en la instalación, resguardo y monitoreo.
Por supuesto, el trabajo de los investigadores es fundamental por el conocimiento de la especie, las características de los distintos ecosistemas, la geografía, la interacción con otras especies y con los humanos; así como el levantamiento, procesamiento y análisis de los datos.
La intervención de los distintos niveles de gobierno también es importante, como hacer valer la Norma Oficial Mexicana NOM-059-SEMARNAT-2010, porque el jaguar está en peligro de extinción y su cacería está vedada desde 1987.
Y la iniciativa privada tiene en el modelo de la Fundación Toyota México un ejemplo de cómo cooperar para conservar la biodiversidad, porque el financiamiento para el monitoreo científico de largo plazo es la única vía para que la toma de decisiones se base en evidencia científica.
Este gran felino juega un papel ecológico importante, como mantener la salud de los ecosistemas al controlar las poblaciones de sus presas y carnívoros menores.
La población de este gran felino en México alcanzó los cinco mil 326 ejemplares en 2024 y conservar esta especie es, en última instancia, parte de la propia supervivencia de los ecosistemas, de los cuales todos vivimos.
