La Ciudad de México enfrenta hoy la emergencia climática sin claridad en mitigación ni adaptación, tampoco es resiliente. Está a merced de los impactos que cada vez se exacerban más y, por lo mismo, ninguna cantidad de pintura podrá aplacarlos. Los frentes, por un lado, calor y sequía; por otro, lluvias torrenciales e inundaciones. Problemáticas que tienen soluciones conocidas, respaldadas por la ciencia, pero que llevan años esperando voluntad política para escalar.
No hay que pasar por alto la calidad del aire vinculada al cambio climático, ya que la contaminación atmosférica se convirtió en el brazo armado del calor urbano.
Eso sí, con todo y las prisas para tratar de llegar a tiempo y recibir a miles de turistas por ser una de las sedes de la justa mundialista, el color se volvió política pública. Fachadas guindas y moradas, banquetas y puentes intervenidos; en general, mobiliario urbano maquillado y señaléticas decoradas con la figura del ajolote —branding gubernamental—, mientras su hábitat se degrada, es un simbolismo sin sentido, pues se trata de una especie endémica sobreexplotada en el mundo real y que está en peligro de extinción. Así, la ciudad está a un tris de estar lista… para las cámaras y el mundo.
En medio del acelere y caos por las obras que parecen no tener fin, la temporada de lluvias llegó con fuerza y el agua pluvial, otra vez, no sólo se va al drenaje y lo colapsa, sino que también se anega y genera inundaciones, afectando a miles de personas.
Las primeras lluvias de mayo bastaron para recordarnos que la capital sigue siendo una ciudad vulnerable, agotada y desigual frente a los efectos de la crisis ambiental.
En cuestión de horas, vialidades colapsaron, estaciones del Metro afectadas, árboles caídos y autos atrapados reaparecieron en el paisaje cotidiano de una metrópoli que parece condenada a improvisar cada temporada de lluvias.
La ciencia del clima es clara, el calentamiento global intensifica los eventos meteorológicos.
Una atmósfera más caliente retiene más humedad y libera precipitaciones más intensas en menos tiempo. En una ciudad construida sobre un antiguo sistema lacustre, hundida por la sobreexplotación de acuíferos y cubierta de concreto, cada tormenta funciona como una prueba de estrés para una infraestructura que lleva años mostrando señales de vulnerabilidad.
Este año, con una posibilidad casi certera de la llegada del fenómeno de El Niño extremo —mas no el superEl Niño—, los pronósticos no son buenos, porque la temperatura del océano Pacífico no ha dejado de elevarse.
La altas temperaturas provocan olas de calor, peligrosas para la salud de las personas en exteriores, incluso en interiores.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, a escala global mueren más personas por calor que por inundaciones, huracanes o frío juntos.
Unos párrafos antes señalé la contaminación del aire, una problemática que persiste en esta metrópoli. El calor extremo acelera la formación de ozono troposférico, dispara las enfermedades respiratorias y cardiovasculares, que pueden llegar a un desenlace fatal.
En el primer trimestre de este año, la metrópoli registró cuatro días de aire considerado limpio y se han activado alrededor de seis contingencias ambientales.
Cuando hay contingencia se incrementan los casos de asma, conjuntivitis, infecciones respiratorias agudas y enfermedad isquémica del corazón. El ozono troposférico golpea más fuerte a aquellas personas que viven en colonias sin parques, sin árboles y grises, con mayor densidad de asfalto, que son casi siempre las colonias con menos recursos.
Estas afectaciones ocurren año con año y, si bien el gobierno capitalino ha dicho con bombo y platillos que las obras de cara al Mundial serán permanentes y con beneficio para los capitalinos, aún hay muchos vacíos para poder enfrentar la crisis climática.
Es más, con base en la ciencia se sabe que esta justa futbolística no sólo será una de las más grandes, sino también se perfila a ser la más contaminante de la historia.
Según el informe FIFA’s Climate Blind Spot, se emitirán más de nueve millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente, esto es, habría un incremento de 92% respecto al promedio de las ediciones pasadas entre 2010 y 2022.
Y como se jugará en tres países (México, Estados Unidos y Canadá), implicará muchos más desplazamientos, en su mayoría vía aérea, siendo la mayor fuente de emisiones de gases de efecto invernadero.
Claramente, la ciudad capital no tiene un programa de compensación. La movilidad citadina seguirá tan caótica y contaminante como siempre, porque el sistema de transporte público sigue siendo insuficiente, deficiente y ni los ajolotes pintados en los cruces viales podrán ocultarlo.
Bienvenidas las ciclovías, pero pedalear hasta el estadio en medio del aire contaminado, baches e inundaciones es tan peligroso como una carrera urbana de descenso.
La ciudad recibirá miles de turistas y lo más importante para esta administración es que se vea vibrante, colorida y “renovada”. El problema es que el maquillaje no enfría banquetas, no infiltra agua de lluvia ni tampoco evita que el drenaje colapse.
Ayer, tan sólo, las lluvias obligaron a activar doble alerta (naranja y amarilla) por ser intensas, además de vientos fuertes y granizo, ocasionando inundaciones, “encharcamientos” y tránsito caótico. Ojalá la ajolotización haga que Tláloc se apiade en el día D… la inauguración.
