Democratización de la moda depreda el medio ambiente

La industria de la moda ha ido transformándose desde hace más de tres décadas con la aparición de la moda rápida, mejor conocida como fast fashion. Si bien su valor de mercado es de miles de millones de dólares, su impacto al ambiente es depredador. Surgida en los ...

La industria de la moda ha ido transformándose desde hace más de tres décadas con la aparición de la moda rápida, mejor conocida como fast fashion. Si bien su valor de mercado es de miles de millones de dólares, su impacto al ambiente es depredador.

Surgida en los años noventa bajo la idea de la democratización de la moda y con el auge de la globalización y el consumismo, esta industria instauró un modelo basado en la producción constante de prendas y colecciones a precios bajos que cambian cada pocos días por esa urgencia de estar en tendencia. También impulsó la competencia entre multinacionales.

Desde entonces, la clave sigue siendo producir a gran escala con materiales baratos, costos mínimos —mano de obra mal pagada—, tiempos cortos y rotación constante de mercancía, pero a expensas de los derechos laborales y del medio ambiente.

De acuerdo con la consultora Business Research Insights, el mercado global de la moda rápida alcanzó un valor de 216.71 mil millones de dólares en 2024 y se calcula que para 2033 superará los 285.96 mil millones de dólares, con una tasa de crecimiento anual de 3.1% de 2025 a 2033.

Las cifras reflejan un apetito voraz por ropa desechable.

Sí, detrás del brillo de los aparadores de cadenas como Zara, Berska y H&M, y de las tiendas en línea, como Shein y Temu, la moda rápida opera como una de las industrias más contaminantes y menos reguladas del planeta.

No es exageración, cada cifra va más allá de la famosa frase “de la moda lo que te acomoda”, porque se trata de una gran adicción al consumo de prendas con diseños atractivos, a precios bajos, fabricadas en masa con materiales derivados de los combustibles fósiles y de baja calidad, de ahí que se descarten rápidamente, ya sea porque dejaron de estar en tendencia o porque se deshilacharon o rompieron con tan sólo unas pocas puestas.

La moda es la segunda industria más contaminante. Al año usa 93 millones de metros cúbicos de agua, el equivalente para abastecer a cinco millones de personas, y medio millón de toneladas de microfibra se tiran al mar, “lo que equivale a tres millones de barriles de petróleo”, de acuerdo con un informe de la Conferencia de la ONU sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD, por sus siglas en inglés).

El cultivo de algodón, por ejemplo, demanda grandes cantidades de agua y pesticidas, deteriorando la calidad del suelo con afectaciones devastadoras a la biodiversidad.

Para producir un kilogramo de algodón se requieren 20 mil litros de agua y para confeccionar un solo pantalón de mezclilla se necesitan entre siete mil 500 a 10 mil litros de agua, y alrededor de dos mil 700 litros para elaborar una camiseta o t-shirt. ¡Qué desperdicio!

La moda genera 10% de las emisiones globales de dióxido de carbono (CO2), uno de los principales gases de efecto invernadero causante de la crisis climática, más de lo que produce la industria aérea.

Greenpeace calcula que la industria textil consume anualmente más de 98 millones de toneladas de recursos no renovables y la mayoría de las prendas son desechadas después de sólo siete o 10 usos.

El informe de esta organización Fast fashion: de tu armario al vertedero, indica que los procesos de teñido y acabado de las telas generan grandes cantidades de residuos tóxicos que van a parar a cuerpos de agua y suelos; contienen metales pesados y químicos peligrosos que persisten en el ambiente y afectan la salud humana.

Los tejidos sintéticos, como el poliéster, derivados del petróleo, no sólo consumen recursos no renovables, también liberan microplásticos en el agua cada vez que se lavan, contaminando ríos, mares y cadenas alimentarias.

A esto se suman los residuos. Earth.Org calcula que cada año se producen 100 mil millones de prendas y 92 millones de toneladas terminan en vertederos, “esto significa que el equivalente a un camión de basura lleno de ropa termina en vertederos cada segundo”.

Si esto no bastara, el desierto de Atacama, en Chile, se ha convertido en el vertedero de textiles y ropa fast fashion más grande del planeta. Naciones Unidas lo califica de emergencia medioambiental y social para el mundo.

Los países del sur de Asia y África también reciben millones de toneladas de desechos textiles.

México no escapa a este fenómeno. Se ha convertido en uno de los principales destinos de ropa de segunda mano y de desechos proveniente de Estados Unidos y Asia.

Y si los impactos ambientales son descomunales, los sociales no se quedan atrás.

Para mantener precios bajos, muchas empresas trasladaron su producción a países como India, Pakistán, Vietnam y Bangladesh, profundizando así las desigualdades en la cadena global de suministro.

Esta vorágine impulsó el trabajo infantil violando no sólo los derechos de los niños, sino también poniendo en peligro su libertad, porque a menudo son víctimas de esclavitud y prostitución, entre otras actividades ilícitas.

Frente a esta realidad, algunos gobiernos comienzan a tomar medidas. Francia, uno de los países más activos en temas de regulación ambiental, aprobó en 2024 una ley específica contra la moda rápida. A partir de 2025, las plataformas digitales que vendan ropa de bajo costo deberán pagar un impuesto ecológico progresivo según el volumen y tipo de materiales. Además, estarán obligadas a financiar campañas de concientización sobre el impacto ambiental de su modelo de negocio.

La legislación prohíbe la destrucción de inventario no vendido, una práctica común entre marcas que prefieren eliminar excedentes antes que donarlos para mantener el control de mercado y el prestigio de sus productos.

En México aún no existe una legislación al respecto, sin embargo, el cambio no puede recaer únicamente en los gobiernos.

Lo que realmente se requiere es una transformación estructural, tanto de la industria como del comportamiento de los consumidores.

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