Por un aire libre de heces

Vivir en una gran ciudad es un desafío constante y creciente. Los habitantes tienen que sortear a diario un sinfín
de obstáculos y, para trascender, es imperante adaptarse, sobre todo, generar las condiciones necesarias para mitigar los efectos. De entre todos los problemas destacan,
sin duda: sobrepoblación, impacto del cambio climático, enfermedades, mala calidad del aire y escasez de agua,
con sus respectivas consecuencias.

Para tener una idea de la dimensión a escala global, datos recientes de Naciones Unidas correspondientes a 2016 indican que 54.5% de la población mundial vivía en las metrópolis —y resulta abrumador cuando hablamos de cifras redondas, esto es, cerca de cuatro mil millones de seres humanos—; hacia 2030 se prevé que aumente a 60% y para 2050 el 80% de las personas vivirá en una ciudad.

Ahora bien, a escala local, tan sólo en la Ciudad de México habitamos 8.9 millones de mujeres y hombres, pero si contamos a los habitantes del área conurbada suman más de 20 millones de personas, lo cual pone a esta región entre las más grandes del planeta.

Eso no es todo. En la Zona Metropolitana del Valle de México circulan 5.5 millones de vehículos automotores de todo tipo, una cantidad que vuelve caótico el tránsito al paralizarse calles y avenidas, lo que se convierte en una gran fuente de contaminación.

La gente está expuesta al veneno puro que sale de los escapes de los autos particulares y vehículos de transporte y carga (estos últimos responsables de partículas finas, carbón negro u hollín por el diesel de mala calidad), así como de otros generadores de contaminación —como la industria y la construcción, por mencionar algunas actividades— que, en conjunto, son responsables de graves problemas de salud. Y se exacerba justo con el aumento de la temperatura y la temporada de ozono.

No sólo la gasolina y el diesel contaminan el aire que respiramos, también está el gas LP, sí, el que se usa en las estufas, la calefacción y en miles de unidades de transporte colectivo, conocidas como “micros” o “peseras”.

Y esto último sigue siendo una problemática, pues el gas LP es precursor de ozono.

Así, las fugas de gas son la segunda causa de la mala calidad del aire, pues contribuyen con 12% de todas las emisiones de compuestos orgánicos volátiles que contaminan la atmósfera.

Es cierto que el Gobierno de la CDMX ha hecho un gran esfuerzo por combatir la contaminación del aire, prueba de ello es la reducción en 50% de los “micros”, sin embargo, aún quedan en circulación más de 16 mil unidades, las cuales también es necesario chatarrizar y ojalá que la próxima administración no se haga ojo de hormiga con este asunto.

Pero el problema de la mala calidad del aire no concierne únicamente al transporte. Hay otro componente del cual poco se dice o quizá se evite hablar de ello, porque está relacionado con la irresponsabilidad de muchos.

Ayer, la sección Comunidad, de Excélsior, publicó que cada año los capitalinos respiramos media tonelada de heces fecales. ¡Sí, 500 kilos de caca!

De acuerdo con especialistas entrevistados por la reportera Lilian Hernández, “el fecalismo es uno de los problemas de salud más graves en la Ciudad de México”, pues esa media tonelada de residuos fecales “son responsables de la proliferación de enfermedades gastrointestinales” y éstas ocasionan ausentismo laboral y escolar.

Ahí no para el asunto. Esas heces contienen parásitos y en la época de calor —como la que ya atravesamos— se secan más rápido, por lo tanto se convierten en polvo, el cual entra a los ojos, lo respiramos y también lo comemos —los alimentos en la calle están muy expuestos.

Los desechos provienen de perros y gatos, pero también una proporción considerable es de los mismos humanos.

Esto es un indicador de la insensatez de muchas personas —sin generalizar— que sacan a sus perros a pasear y no recogen las heces. Honestamente, no es complicado hacerlo. Hay aditamentos especiales para colocarlas en bolsas biodegradables y luego en contenedores especiales, muchos ubicados en los parques.

Y eso se suma a los desechos de alrededor de 200 mil perros callejeros, que no tienen la culpa de serlo. Otra vez, ellos son el resultado de la irresponsabilidad e indiferencia humana.

Esta es la calidad del aire que respiramos en la Ciudad de México. Sí, un problema del que los habitantes somos corresponsables y al que los candidatos a gobernar esta urbe deben tomar muy en serio.

Por ello, deben comprender la urgencia de aumentar y acelerar la inversión en transporte público eficiente, seguro y de baja o cero emisiones para así desincentivar el uso del automóvil particular, de otra manera seguiremos arrastrando un problema que causa enfermedades, baja productividad y muerte.

Ojalá y pongan los temas ambiental y de salud hasta arriba en sus plataformas electorales y se dejen de banalidades.

Esta ciudad no deja de crecer y de inhalar todo un coctel de porquerías. De seguir así, en el futuro no lejano habremos de usar mascarillas para poder respirar y no morir en el intento.

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