Repensar el mundo digital

London eye

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Susannah Goshko*

Imagina por un momento que alguien te desconecta del mundo digital durante una semana. Nada de historias, notificaciones, likes ni mensajes. ¿Te sentirías libre o entrarías en pánico?

Ahora piensa que quienes se enfrentan a ese experimento no son adultos con cierta madurez emocional, sino adolescentes que han crecido con un teléfono en la mano y que, a veces, les es difícil distinguir dónde termina su vida digital y empieza la real.

Eso es exactamente lo que está a punto de ocurrir en Reino Unido, donde un grupo de 150 jóvenes participará en un piloto que suena casi como un capítulo de Black Mirror, pero con un giro inesperado: en lugar de futurismo distópico, la apuesta es entender cómo un simple ajuste en los hábitos digitales puede transformar algo tan básico, y tan frágil, como su bienestar.

No es casualidad que este tipo de iniciativas estén surgiendo en todo el mundo. Hoy, cualquier menor puede pasar –en cuestión de un par de scrolls– de un meme o video divertido a imágenes manipuladas, retos peligrosos o contenido que lastima su salud mental y seguridad emocional. Lo más preocupante es que probablemente lo hemos normalizado.

Los adultos, de alguna forma, hemos aprendido –a veces tropezando– a navegar la desinformación, exposición permanente y contenido negativo. Pero para una niña o niño que apenas está construyendo su identidad y criterio, estos riesgos pueden tener efectos devastadores.

Por eso hay una ola de acción alrededor del mundo. Australia se convirtió en el primero en prohibir que menores de 16 tengan redes sociales mientras que España, Dinamarca y otros países discuten límites similares.

El Reino Unido está probando una ruta diferente: preguntar a las familias y jóvenes qué funciona antes de imponer soluciones. A través de una consulta nacional, se van a explorar medidas que podrían cambiar los hábitos digitales de millones de menores, desde edad mínima y limitaciones nocturnas hasta controles para reducir funciones adictivas.

En paralelo y como parte del compromiso de reducir a la mitad la violencia de género en la próxima década, el gobierno británico lanzó un mensaje directo a las grandes plataformas de redes sociales: deben ir “por encima y más allá” para proteger a mujeres y niñas del abuso, la misoginia y la violencia digital, o enfrentar sanciones aún más severas. Esta postura traslada la carga de la víctima a las empresas tecnológicas.

Y México ya está entrando en esta conversación. El gobierno abrió un proceso de consulta con familias, docentes y comunidades para definir cómo regular el acceso de menores a redes sociales. Este debate es urgente, y necesita evidencia y experiencias comparadas.

Francia también ofrece un ejemplo útil. Están avanzando en un paquete de medidas que replantea la relación de los jóvenes con las pantallas, que van desde una ley para prohibir redes sociales a menores de 15 años hasta extender restricciones al uso de celulares en escuelas. Todo ello respaldado por investigaciones e informes oficiales que alertan sobre efectos claros de la exposición excesiva a pantallas como falta de sueño, ciberacoso y comportamientos compulsivos.

La OCDE y otros organismos internacionales analizan por qué tantos gobiernos están imponiendo nuevas reglas y límites de edad para el acceso a redes sociales, que responden a una misma inquietud: ¿cómo proteger a una generación que vive conectada sin desconectarla del mundo?

Aunque cada país experimenta con enfoques distintos, todos parecen moverse hacia una misma conclusión: sólo los datos y la investigación podrán decirnos qué funciona y qué no.

Pero al centro está una decisión de si queremos que la infancia y la adolescencia tengan un entorno digital que impulse su desarrollo en lugar de ponerlo en riesgo. Y quizá la pregunta clave sea: ¿qué debemos cambiar primero, las reglas, los algoritmos o los hábitos?

Abramos esta conversación; les leo en X e Instagram: @SusannahGoshko y @UKinMexico.

 *Embajadora del Reino Unido en México