Verano peligroso

Y durante décadas, López Obrador pensó que esa imagen política y pública que construyó de sí mismo le alcanzaba para construir un movimiento social con la consigna del “no mentir, no robar y no traicionar al pueblo de México” como columna vertebral, al grado de que creó la “austeridad franciscana” en la administración pública para demostrar, según él, que las fallas del gobierno se originaban en los excesos de corrupción y en la “robadera” que implicaban.

Julio, mes representativo de las vacaciones de verano, será inolvidable para el oficialismo mexicano, porque si el llamado movimiento de la Cuarta Transformación fuera un ser humano los excesos de varios de sus líderes políticos representan un balazo en los pies y, con ello, su eslogan propagandístico del no robar ni mentir y no traicionar al pueblo de México quedó en una consigna vacía.

Desde 1996, cuando la imagen de un Andrés Manuel López Obrador con la camisa manchada por su propia sangre, cuando la policía intentó acabar con el bloqueo de 51 pozos petroleros en Tabasco, que él encabezó, la imagen pública y política del entonces perredista, que tenía ocho años de haber renunciado al PRI, fue cuidadosamente mostrada como la de un luchador social ajeno a excesos, a lujos; un hombre cercano al pueblo, que vestía de manera sencilla, como millones de personas; jamás en un restaurante de lujo, jamás en un avión privado, jamás en un hotel de lujo, jamás una imagen de él en destinos turísticos ni dentro ni fuera del país.

Esa imagen política, que construyó día a día, fue su principal arma para alzarse en contra de lo que llamó “la mafia del poder”; para criticar “acuerdos en lo obscurito”; para reprobar los relojes, zapatos, trajes y viajes de lujo de personajes políticos como Elba Esther Gordillo, Carlos Romero Deschamps, Víctor Flores, Enrique Peña Nieto y decenas más que lo mismo usaban helicópteros para trasladarse a los campos de golf donde disfrutaban su descanso, que activaban sus influencias para que sus hijos conocieran a artistas famosos.

López Obrador sabía que a millones de mexicanos les molestaba el exceso de los políticos y hasta la prepotencia para exhibir su riqueza y su poder, como lo hizo Arturo Durazo Moreno, con sus casas construidas por policías habilitados como albañiles o, las veces que se cerraban las calles de la Ciudad de México para que el hijo de un Presidente de la República jugara a los arrancones o la esposa evitara el tráfico caótico de la capital del país, acompañada de policías de tránsito que le abrían paso.

Y durante décadas, López Obrador pensó que esa imagen política y pública que construyó de sí mismo le alcanzaba para construir un movimiento social con la consigna del “no mentir, no robar y no traicionar al pueblo de México” como columna vertebral, al grado de que creó la “austeridad franciscana” en la administración pública para demostrar, según él, que las fallas del gobierno se originaban en los excesos de corrupción y en la “robadera” que implicaban.

Pero el acceso al poder acabó con ese proyecto, porque las mieles del poder político y económico son difíciles de resistir por los mortales.

Eso quedó demostrado en este julio de 2025, en el que hemos sido testigos que los jerarcas morenistas gustan del dinero y de los lujos que tanto reprobó públicamente su líder moral. Hemos atestiguado el ridículo llamado de la dirigente nacional de Morena, Luisa María Alcalde, para que los ricos del morenismo eviten mostrar sus lujos; es decir, tengan dinero, pero no lo presuman.

Gracias a Jorge García Orozco hoy sabemos de los gastos en ropa y accesorios de marca; obras de arte, zapatos, viajes y gustos musicales del presidente de la Cámara de Diputados, el morenista Sergio Gutiérrez Luna, y de su esposa, la diputada petista Diana Karina Barreras, representan al menos cinco millones de pesos.

No tendrían problema alguno si se tratara de personajes de la tan satanizada vieja clase política. Pero son integrantes del movimiento social que surgió como antítesis de esos excesos. Él es militante del partido político que ordena no mentir, no robar y no traicionar al pueblo de México y ¿no es una traición llegar al poder con la bandera de la austeridad y exhibir la opulencia?

Frente a esa herida a la columna vertebral morenista, la presidenta de ese partido sólo pide que no presuman la riqueza y aclara que ni es delito ni es una falta administrativa.

Entonces ¿para qué quieren principios partidistas?

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