El problema estructural del dedazo
Los perdedores no sólo sabían que la regla del juego era que el Presidente decidía, sino que además había que felicitar al favorecido para continuar su carrera política

Leo Zuckermann
Juegos de poder
Durante la época del autoritarismo priista, el dedazo funcionaba por una condición sine qua non: el agraciado por el dedo del Presidente no sólo se convertía en candidato del PRI, sino en el próximo gobernante. Por eso, todos los perdedores corrían a abrazar al ganador, demostrándole su apoyo incondicional y declarando que el partido había elegido al mejor hombre o mujer. Los perdedores no sólo sabían que la regla del juego era que el Presidente decidía, sino que además había que felicitar al favorecido para continuar su carrera política. Lo contrario —criticar la decisión, mostrar signos de deslealtad y/o abandonar el partido— podía significar el ostracismo en el mejor de los casos o, en el peor, acabar en la cárcel acusado de corrupción. El dedazo funcionaba por la certeza de que el beneficiario ganaría en las urnas.
Esa condición sine qua non ya no existe en la democracia. El dedo de López Obrador ha apuntado hacia Claudia Sheinbaum para convertirse en la candidata de Morena a la Jefatura de Gobierno de la CDMX pero, en una de esas, puede perder la elección. Lo mismo ocurre con el presidente Peña, quien decidirá, por dedazo, al candidato presidencial del PRI sin que exista la certeza de que éste ganará. Ya no están los mismos incentivos de antes. Los perdedores del dedazo ahora pueden rechazar la decisión y boicotearla de distintas maneras.
La institución del dedazo, que incluía esconderlo, dejó de operar eficazmente cuando el PRI comenzó a perder elecciones. El primer dedazo de Carlos Salinas como Presidente fue a favor de Margarita Ortega para la elección de gobernador de Baja California, en 1989. A todos los aspirantes priistas a esa candidatura los trajeron a Los Pinos para notificarles la decisión presidencial. Al mejor estilo priista, los perdedores salieron a decir que Margarita era la mejor opción. Lo hicieron, desde luego, en la perspectiva de que Ortega sería la siguiente gobernadora. Les convenía quedar bien con ella y con el presidente Salinas.
Pero se les atravesó el panista Ernesto Ruffo, quien ganó esa elección, convirtiéndose en el primer gobernador de oposición del régimen autoritario priista. Eso mandó un mensaje muy poderoso a la clase política: los favorecidos por el dedo presidencial no necesariamente ganaban. Se incrementaron, así, los incentivos para entrar al juego del dedazo y luego subordinarse en caso de perder.
La complicación del dedazo llegó incluso a la sucesión presidencial de 1994. Cuando Salinas decidió que Colosio sería el candidato del PRI, Manuel Camacho se encolerizó y decidió no ir a saludarlo como estaba escrito en las reglas no escritas del sistema. Sabemos que Camacho coqueteó con la idea de reemplazar a Colosio, pero ya no pudo por el asesinato de éste.
En estas épocas democráticas, el dedazo ya no es un mecanismo eficaz para asegurar la unidad de un partido en torno a un candidato. Los boicots y las defecciones se han vuelto pan nuestro de cada día. Este sexenio, por ejemplo, un par de priistas se han ido de ese partido por no haber sido favorecidos por el dedo de Peña: Jaime Rodríguez, El Bronco, quien ganó la gubernatura en Nuevo León, y Carlos Joaquín González en Quintana Roo.
López Obrador, al mejor estilo de su expartido, el PRI, ha instaurado el dedazo como mecanismo de elección de los principales candidatos de Morena. Y, también a la usanza priista, lo ha escondido con el cuento de “la encuesta”. Yo no sé si en la CDMX efectivamente levantaron dicho sondeo, pero no tengo duda que fue AMLO el que decidió con su dedito a favor de Sheinbaum. Todo mundo sabíamos que habría un dedazo, incluyendo a Ricardo Monreal, quien, como resultó perdedor, hoy se dice sorprendido. Si hubiera ganado, estaría diciendo que “la encuesta”, es decir López Obrador, fue justísima, tal y como lo está afirmando Sheinbaum.
Pero si alguien sabe del problema estructural del dedazo en estas épocas democráticas es precisamente Monreal. En 1998, cuando el presidente Zedillo se inclinó a favor de José Antonio Olvera como candidato del PRI a gobernador de Zacatecas, Monreal, azuzado por el entonces dirigente nacional del PRD (AMLO), mandó al diablo a los priistas para lanzarse por el sol azteca ganando la gubernatura. La gran pregunta es si Monreal hará lo mismo casi veinte años después tras el dedazo de AMLO. ¿Se saldrá de Morena? ¿Será candidato por otro partido? (Movimiento Ciudadano ya lo está tratando de fichar). Parece que está enojado por el resultado del dedo que no volvió a apuntar hacia él. Vamos a ver si es pura faramalla o si, como diría Albert Hirschman, frente a una decisión adversa, opta por la deslealtad o la salida.
Twitter: @leozuckermann