Pues sí: los chilangos también somos mexicanos

El periodista que había dado a conocer los detalles de la operación delincuencial de la banda capitalina nos informa que lo han amenazado de muerte, tal y como ocurre, con frecuencia, en entidades como Chihuahua o Veracruz

Leo Zuckermann

Leo Zuckermann

Juegos de poder

De por sí insoportables, los chilangos nos ufanábamos de ser diferentes al resto de la República. Aquí, decíamos, no llegaba la violencia propia de lo peor del crimen organizado. Nuestro jefe de Gobierno no se cansaba de asegurar que en la capital no había presencia de algunos de los grandes cárteles de la delincuencia. Con la pena, pero se acabó dicha realidad o fantasía.

Hoy, los capitalinos nos enteramos de operativos de la Marina Armada que son tan comunes en estados como Sinaloa o Tamaulipas. Los marinos encuentran y abaten al líder de un grupo delincuencial bastante bien organizado en la delegación de Tláhuac. Muere el susodicho capo, cuyo nombre pasa a un segundo plano; lo que cuenta y queda para los anales de la historia es su apodo: El Ojos.

Hoy, el periodista que había dado a conocer los detalles de la operación delincuencial de la banda capitalina nos informa que lo han amenazado de muerte, tal y como ocurre, con frecuencia, en entidades como Chihuahua o Veracruz. Ayer, Héctor de Mauleón, quien le ha dedicado varios artículos a desenmascarar el poder y alcance del Cártel del Tláhuac, escribió cómo un supuesto abogado de una supuesta organización de la sociedad civil, supuestamente dedicada al combate de la corrupción policiaca, le llamó para alertarlo de que el heredero de El Ojos había ordenado a sus gatilleros buscar el domicilio del columnista de El Universal para matarlo. La típica historia de amedrentamiento de un periodista por haberse metido, con mucha valentía, a reportar lo que está ocurriendo en el escabroso mundo de la criminalidad organizada en México.

Hoy, el jefe delegacional de Tláhuac se desentiende de lo que estaba ocurriendo en su territorio, igualito como en Nayarit o Guerrero. Dice Rigoberto Salgado que él no sabía nada de El Ojos, de los cientos de mototaxis que utilizaba para espiar y distribuir drogas o del cobro de derecho de piso de transportistas públicos y otros negocios. Qué raro si, al parecer, era un secreto a voces lo que estaba sucediendo en la delegación. Vaya, el señor Salgado por lo menos hubiera leído a De Mauleón para enterarse un poquito. Sospecho, más bien, que, como tantos presidentes municipales o gobernadores en el país, estaba enterado de todo y metido hasta el pescuezo. Que, quizá, le daba protección política a su socio de apodo ocular. ¿Cómo se explica, si no, que una red de familiares y amigos de El Ojos estuviera metida en la nómina del gobierno de Tláhuac?

Hoy, como tantas veces sucede en tantos estados de la República, nadie se hace responsable del crecimiento del Cártel de Tláhuac. Todos se echan la bolita. Que si era responsabilidad del gobierno federal, porque estamos hablando de narcotraficantes. No, que más bien le correspondía al de la ciudad, porque tiene el control de la policía capitalina y debe intervenir en casos de narcomenudeo. Negativo, que la delegación de Tláhuac debió haber intervenido e informado en los mecanismos institucionales de coordinación entre las distintas autoridades. La eterna historia de lavarse las manos cuando se trata del descontrol de criminales violentos.

Bueno, pues todas esas cosas no pasaban en la Ciudad de México y ahora sí, por más que el jefe de Gobierno, Miguel Ángel Mancera, lo siga negando con una bizantina discusión sobre la palabra “cártel”.

¿Qué cambió? ¿Por qué ahora sí estamos viendo estas historias en la CDMX?

Ayer decía Héctor Aguilar Camín que quizá el cambio tenga que ver con la creciente división política en la ciudad. Antes, el PRD no sólo gobernaba la capital, sino la mayoría de sus delegaciones. Hoy, la oposición controla varias de las administraciones delegacionales (en el caso de Tláhuac, el delegado invidente es de Morena). Creo que Aguilar Camín tiene razón, ya que los cárteles suelen fortalecerse cuando hay más división política y administrativa.

Yo agregaría, sin embargo, otro factor de por qué este tipo de violencia ha llegado a la Ciudad de México. Como he escrito varias veces, tengo la impresión de un mayor desorden gubernamental en la capital. No sólo lo vemos en el frente de la criminalidad. Ahí están las escasas obras públicas mal ejecutadas y muy tardadas en su construcción. O la saturación y deficiente operación del transporte público. Ni hablar del tráfico vial francamente insoportable, de los peores del mundo. En fin, por donde se vea, la calidad de vida en la ciudad ha bajado este sexenio de Mancera. En el particular tema de los cárteles, al jefe de Gobierno queda agradecerle recordarnos a los chilangos que también somos mexicanos.

               

Twitter: @leozuckermann

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