El PRD en terapia intensiva: ¿sobrevivirá?
El reto para el próximo líder perredista es superar las dos enfermedades del partido: el caudillismo y faccionalismo.

Leo Zuckermann
Juegos de poder
El PRD está entubado en terapia intensiva. Es lo que quería López Obrador. Su objetivo en las pasadas elecciones era que Morena sacara más votos que los perredistas para humillarlos y desfondarlos. No obstante, el PRD aguantó. Si bien tuvo un mal resultado, consiguió más sufragios que el partido de AMLO: 11% versus 9%, una diferencia de 900 mil votos. Sufrieron un fuerte descalabro en su principal bastión electoral, el Distrito Federal, pero en 18 estados del país superaron a Morena.
El hecho es que aguantaron el embate morenista. Por eso no se entiende que ahora ellos mismos se hayan puesto en terapia intensiva, con el riesgo de morirse, implorando que López Obrador venga a salvarlos. En lugar de formalizar y asumir las consecuencias del divorcio con la izquierda nacionalista revolucionaria, la izquierda moderna y negociadora propone una nueva alianza. Al parecer, no pueden vivir sin el cacique que frecuentemente les pega. Es freudiano.
Carlos Navarrete, dirigente nacional del PRD, hizo una evaluación de lo sucedido en las pasadas elecciones de junio. Cuando Gustavo Madero, del PAN, hizo lo mismo, declaró que el Pacto por México fue un “chistecito” que le costó caro. Inmediatamente,
Navarrete rechazó la conclusión del panista: “se equivoca al arrepentirse hasta de lo bueno que hicieron”. Pero ahora resulta que sí coincide con Madero. El balance que hace unos días presentó al Consejo Político Nacional dice: “Más allá de nuestras intenciones por contribuir a reformas importantes que le sirvieran al país, la participación del PRD en el Pacto por México con el gobierno de Peña Nieto, que no modificó aspectos esenciales de su proyecto neoliberal, generó confusión en el electorado de izquierda y nos afectó en varias regiones del país”. Ahora resulta que la cooperación política tuvo un costo para el PAN y PRD. Yo no lo creo. Pienso, en cambio, que les costó no haber roto con Peña cuando explotaron los escándalos de las casas del Presidente y su círculo cercano. Porque una cosa es cooperar con un gobierno constructivo y otra solapar la corrupción. No veo por qué lo primero genere un castigo en las urnas; lo segundo, sí. Costoso fue no haber tenido una oposición verdadera cuando hacía falta. Costoso escuchar al perredista Silvano Aureoles, presidente de la Cámara de Diputados, afirmar que el tema de la Casa Blanca de Peña era un asunto privado.
El fin de semana Navarrete reconoció que el principal objetivo de Morena “es el exterminio del PRD, pues no sólo han cerrado hasta ahora cualquier posibilidad de alianza, sino que escalan las diferencias y la confrontación hasta niveles que alcanzan la descalificación política”. Pero el Consejo Nacional del partido creó una comisión especial para buscar diálogo y alianzas con líderes de izquierda. El primero en la lista: López Obrador. Increíble: otra vez quieren que el tabasqueño los salve en las elecciones de 2018. Como si no lo conocieran: si AMLO finalmente los acepta, será bajo sus condiciones. Los utilizará y, luego, desechará. En este sentido, el PRD corre el riesgo de convertirse en el siguiente Partido del Trabajo: rémora de AMLO y después producto desechable. Qué triste es ver al partido que fue el gran referente de la izquierda nacional queriéndose convertir en un partidito al estilo del que tenía Alberto Anaya.
Navarrete dejará la dirigencia nacional del PRD. Viene, por tanto, un cambio en el liderazgo del partido. Se habla de que lleguen los jóvenes. Se menciona a Fernando Belaunzarán y Armando Ríos Piter. Ambos tienen más de 40 años. Jóvenes, lo que se dice jóvenes, ya no son tanto. Sí para una izquierda mexicana llena de personajes encanecidos. Otra opción que se menciona es Zoé Robledo, quien está en sus treintas. Independientemente de quién sea, el reto para el próximo líder del PRD es superar dos enfermedades que son las que verdaderamente tienen al partido en terapia intensiva: el caudillismo y faccionalismo. La dependencia de los Cárdenas y López Obrador y el rentismo de las corrientes de los Bejarano y Chuchos.
Un partido político es, al final del día, un proyecto que encarna un líder. Si el PRD quiere sobrevivir necesita un proyecto de izquierda moderna del siglo XXI con un candidato presidencial que lo defienda en las elecciones de 2018. Lo que no pueden hacer es volver a matrimoniarse con la izquierda nacionalista revolucionaria del siglo XX de López Obrador. Porque, si lo hacen, acabarían tan muertos como el PT de Alberto Anaya.
Twitter: @leozuckermann