Un caracol enamorado...

Me subo a la cama de Eloísa y comienzo a recorrer su cuerpo desde la punta de los pies hasta su hermoso cuello; ella sonríe y se eriza. Su sabor es exquisito, su olor… Estoy a punto de enloquecer de amor, de desesperación...

Los caracoles somos hermafroditas. Hemos sido protagonistas de algunas aventuras extraordinarias. Aunque generalmente los cuentos son de competencias de crías humanas, o de la vida de algunos en terrarios lujosos de harina que acaban en platos como bocas con sal. Hemos protagonizado historias de terror. El chillido que nos caracteriza al morir puede enloquecer al más incrédulo.

Lo que sí es raro dentro de las historias que se cuentan son aquellas en que uno de los nuestros se apasiona de un ser humano. Se enterneció por un campesino que soportaba la soledad con entereza. El hombre se ocupaba de toda su casa, además de sus labores de campo. Vivía un tanto resentido porque no tenía a una mujer que lo esperara, que cuidara de él y lo endureciera.

Un día, cuentan, el caracol enamorado se convirtió en una hermosa joven; fue como cambiar de sexo, claro, con la ayuda de una bruja. Desde muy temprano, se encargaba de arreglar la casa y preparar todas las comidas del campesino. El hombre disfrutaba de los favores domésticos de un ser fantástico y, cuando descubrió que se trataba de una hermosa mujer, quiso poseerla.

El hombre tomó a la mujer caracol entre sus brazos y la obligó a comer un pedazo de arroz para que fuera permanentemente humana. La joven habló con el campesino y le dijo con claridad: “Si cuentas nuestra historia me iré para siempre”.

Hasta acá es evidente que ella se irá; es lo que sucede en los cuentos de ese tipo. Y, efectivamente, la joven terminó desaparecida; después de que el campesino contó su historia al emborracharse con sus amigos. El amor quizá necesita de la discreción, del baile sólo de dos para florecer realmente. Las elecciones amorosas particulares siempre son extrañas para los otros.

Después de su primera experiencia, el campesino se dedica a criar caracoles en su barril. Recordaba el Kertong que hacía su amada al chocar y transformarse. ¿Qué sucedió con los caracoles que después crio? Es evidente que era un hombre atractivo para los de mi especie. Posiblemente el sabor de su piel era dulce. Imagino a mis congéneres caminando sobre su piel dejando caminos de baba, y tomando la forma de mujeres hermosas y mi piel de caracol saliva.

Yo tengo preferencia por las mujeres humanas. Llevo mucho tiempo observando a una hermosa muchacha cuando se sienta a leer en su jardín. En ocasiones, un hombre viene a verla. Le cuenta las historias de sus viajes, la toma de la cintura, se acerca a su cuerpo suave y blanco. “Ella es mía”, grito con la voz ahogada.

Mi amor voltea hacia mí, da un delicioso gritito y mueve su delicado cuerpo hacia atrás. El hombre se me acerca y, cuando está a punto de aplastarme, ella lo detiene con una caricia en el hombro y lo besa tiernamente. Lo detesto. Toca a Eloísa como sólo yo debería hacerlo.

Me subo a la cama de Eloísa y comienzo a recorrer su cuerpo desde la punta de los pies hasta su hermoso cuello, ella sonríe y se eriza. Su sabor es exquisito, su olor… Estoy a punto de enloquecer de amor, de desesperación, y una hermosa bruja invisible me dice al oído: “Disfrútalo, serás hombre mientras ella guarde silencio sobre tu existencia”. Y me convierte en humano.

Eloísa ama a las plantas y decido cuidarlas; en ocasiones me como hojas completas, pero ella apenas lo nota. La veo dormir, la observo cuando lee. Pero no me decido a acercarme. Me deslizo como antes, ella apenas ha sentido mi presencia y, en una ocasión, vio mi sombra. La abrazo por las noches de forma tan ligera que me confunde con el aire caliente del verano, pero hoy me quedé dormido entre sus brazos y ella despertó. Se quedó hipnotizada viendo mi rostro que ya le era familiar, me contó. Se acurrucó en mí y se volvió a dormir. Antes se aseguró de amarrarme a la cama para que no me fuera al despertar. Cuando abrí los ojos ya tenía una bola de arroz en la garganta.

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