Reseñas de textos imaginarios II. Las 12 mujeres morenas del español

O podríamos pensar que tenía un harén en vertical para adorar a sus diosas oscuras, dueñas de su sueño y su aliento. Les compraba velos para que caminaran como vírgenes por sus jardines.

La historia que les voy a contar hoy es particularmente extravagante y oscura. Nada se pudo hacer contra el hombre que perpetró los hechos, porque nada se le pudo comprobar. Era un español, blanco, de la alta sociedad de nuestro país; gustaba de las mujeres indígenas, las prefería chiquitas, redonditas, suaves de toda la piel. Comenzó a coleccionar amantes morenas como si guardara muñecas en su caja. Tenía 12, vivían en el mismo edificio, cada una en su departamento; con sus propios hijos y su servidumbre.

Las excentricidades del caballero recorrieron todo el territorio; las personas se reían perturbadas por su osadía. Y sus amigos no asistían con frecuencia a su casa por temor a ser tachados de inmorales. Pero el señor era tan adinerado que tenía permitido todo. Hasta este momento, el asunto podría pasar por la excentricidad de un caballero; acostumbrado a mandar y a tratar a los otros cual objetos. O podríamos pensar que tenía un harén en vertical para adorar a sus diosas oscuras, dueñas de su sueño y su aliento. Les compraba velos para que caminaran como vírgenes por sus jardines.

El hombre se despertaba muy temprano en la mañana, apenas comía y ya se encargaba de sus negocios; y, a la una de la tarde en punto, bajaba a saludar a todas sus mujeres y sus hijas. Vivían 24 muchachas que emitían olores similares más o menos al mismo tiempo. El hombre se encontraba rodeado de una atmósfera emborrachada. Todo el edificio estaba infestado de plantas que sus mujeres habían mandado traer de varios lugares.

La madrugada del 8 de enero de 1822, el caballero se despertó como sonámbulo, hipnotizado por todos los perfumes del edificio. Escuchaba las risas de sus mujeres, en cada departamento vivían tres amores, algunas morenas; otras blancas; había apiñonadas; varias de ojos rasgados muy blancas; otras tantas tenían la mirada azul del padre y la piel oscura de alguna de sus madres.

Él bajó y escuchó las voces mujeriles y los cantos de sus palomas de colores y comenzó a sentir un zumbido y se desmayó. Despertó con todas sus avecillas rodeándolo en un círculo con velas en las manos. Estaban en el jardín, el viento grillaba y aleteaba, las niñas más pequeñas estaban chillando. Y las mascotas permanecieron calladas. No había servidumbre. Comenzó un extraño ritual que dictaba María, así la bautizó él, a su primera mujer. Todas sus hijas y mujeres le hicieron un pequeño corte en el cuerpo.

Fue el éxtasis del dolor de esa madrugada, las plantas latigueando el aire y sus amadas en éxtasis tal vez lo que lo hizo convertirse en otro. Encerró a las hijas más pequeñas en jaulas doradas que mandó a hacer especialmente para ellas. Las madres lloraban y le suplicaban que no hiciera eso; “Mis pajaritos”, decía él, “así estarán cómodas”. A las más grandes las casó con el primero que ofreció algo por ellas, y sacarlas del país.

Sus mujeres murieron una por año, sin causa aparente. Los cuerpos estaban siempre intactos con una mueca como sonrisa. De las niñas enjauladas se escuchaban sus voces cada vez más guturales. Él dormía y siempre a la misma hora aullaba como lobo sin manada. Vino la ruina, los sirvientes fueron despedidos.

Cuando todos pensaban que el edificio estaba abandonado, salió de entre las ruinas una mujer bellísima de piel morena exquisita, de ojos de cielo rasgados, circular, suave, con el cabello de nube blanca, una caja con papeles y 35 diamantes de colores.

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