El ojo lee un libro

Por extraño que resulte, nunca me cuestioné el origen del ojo y mucho menos pensé en regresarlo.

Los días eran muy calurosos. Yo me estiraba entre las sábanas con las plantas de los pies y de las manos sudorosas. Me daba asco mi olor y, además, se me hinchaba el cuerpo; parecía que me habían inflado del dedo anular como a un globo.

Vi una receta en internet para quitarme la hinchazón y mandé pedir los medicamentos. En menos de 30 minutos, un hombre estaba tocando a la puerta con mi pedido. Me entregó una bolsa de papel y, en seguida, me puso frente a los ojos una máquina y dijo: “Están desordenados los números”. Puse mi número secreto en la máquina y el hombre saltó escaleras abajo.

Abrí la bolsa de papel y encontré entre los medicamentos una caja transparente, con un ojo en medio de ella flotando. Horrorizada, solté la bolsa y me encerré durante varios minutos en mi cuarto. Me inquietaba que el ojo no estuviera muerto, porque me vio con profundidad y un poco de curiosidad. Estoy segura.

Al salir de mi primera impresión, me arrastré hasta la sala y saqué de nuevo al ojo de la bolsa y lo examiné con mucho cuidado. No parecía haber sido arrancado con crueldad de su dueño, sino extraído con delicadeza, y con las herramientas adecuadas de un cirujano. Era posible ver un hermoso brillo casi lunar en él, que inquieto me seguía a todos lados.

Por extraño que resulte, nunca me cuestioné el origen del ojo y mucho menos pensé en regresarlo, la verdad es que muy pronto me sentí alegre con su compañía. Me gustaba ponerlo bajo la cama, detrás del refrigerador y en los clósets, porque notaba que después de unas horas de oscuridad se relajaba, parecía reír con su redondez. Era posible saberlo porque su única pupila se dilataba y el ojo era más expresivo y jovial.

Por aquellos días yo había decidido estar sola y pasaba el verano en mi departamento, cada vez más desordenado; y la llegada del ojo me dio nueva energía. Me levantaba muy temprano y bailaba frente a la pantalla del televisor móvil, y el ojo brincaba dentro de su caja y giraba en su propio eje.

El tiempo juntos nos volvió inseparables y pronto invité al ojo a leer conmigo. Primero me pregunté: ¿A qué cerebro llegaría lo que ve el ojo? Pero esa pregunta no tenía respuesta. Los ojos normalmente forman parte de una cabeza; pero, por alguna razón, este ojo puede ser independiente de un cuerpo.

En una ocasión encontré al ojo husmeando en mi biblioteca y comprendí que quería que le leyera un libro en específico. Saqué del estante el ejemplar y comencé a recitar las palabras con mucho esmero. La historia era muy confusa, los narradores cambiaban constantemente, los espacios y los tiempos también.

En la historia aparecía una mujer que mandaba a hacerse un retrato. El pintor tardaba meses en lograr acabarlo y, en el transcurso, la mujer quedaba perdidamente enamorada de él; quien había puesto toda su alma en ese cuadro, pero no amaba a la mujer. Y entonces ella, que era rica y poderosa, ordenó asesinar a todos los que aparecían en sus cuadros y lo encerró con ella.

Terminé la historia, tomé al ojo entre mis manos y acaricié su superficie lisa y pegajosa, como la de un pez. El ojo se sacudió muy suavemente, me miró y, en su hermosa superficie lisa se formó una lágrima que me manchó la manga de la blusa. Su mirada volvió a ser profunda y curiosa.

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