Definamos la normalidad
A pesar del intento discursivo y de tragicómica retórica por redimensionar lo ocurrido, quedarán muy presentes el silencio de las calles o el cierre de negocios.
Vaya trabajo el que tiene por delante el gobierno federal y todo el llamado oficialismo ante la premura del tiempo, ante la inminencia las fechas en el calendario. Si nos limitamos a dos aspectos que ya se encuentran con el reloj indicando su momento límite, no cabe duda que la “inversión” del gobierno tendrá qué ser mayúscula pues la incómoda realidad, ésa que no pueden reducir a interpretación de estadísticas o a consignas en mítines realizados “a modo”, termina por imponerse. Entre el Mundial de Futbol y las elecciones de 2027, el segundero adquiere mucha relevancia.
El domingo 22 de febrero será recordado por muy diversas razones. Ya los analistas y los miembros más prominentes del corifeo oficialista nos han brindado numerosas teorías e interpretaciones acerca del operativo que asestó un golpe determinante al crimen organizado. Ya cada quien optará por la mirada que, a su parecer, sea la que más se acerque a ese rostro de la realidad que mejor abone a su necesidad por entender qué fue lo que sucedió. Sin embargo, en medio de esa marea informativa en la que se aglutinó la seriedad del oficio periodístico por informar con precisión e imparcialidad y, por supuesto, esa necesidad echar al aire falsedades que sólo subrayan el caos que se experimentó durante varias horas. Sin embargo, nadie puede negar que la violencia se apoderó de la respiración y el latido de nuestro país.
Lo que presenciamos el domingo pasado es una clara muestra del poder que tiene el crimen organizado, capaz de poner en jaque el sentido cotidiano de la vida, capaz de obligar a que millones de personas prefirieran mantenerse en casa antes de exponerse a una situación que nadie parecía controlar. Luego de las primeras horas de confusión y caos –no sólo de carácter informativo–, se difundían imágenes y los primeros datos que nos hablaban de lo que se presentaba en diferentes estados de la República: violencia y destrucción, amenaza y terror. Por ello, el silencio del gobierno durante las primeras horas el domingo y lo que restó de dicha jornada creó una suerte de “vacío” que no se logra comprender y, mucho menos, justificar cuando el Estado debe ser el primer responsable en brindar certezas. Suspicacias aparte, ocurrió lo que, durante décadas, ha terminado por operar en este país: que la gente genera sus propias soluciones. Así, hacia el final del domingo y durante el lunes, se logró imponer el silencio y la inactividad en muchos lugares de nuestro país. El miedo terminó por imponerse mientras en los pasillos del Palacio Nacional se comenzaba a escuchar el eco de esas palabras que apuntaban a hablar acerca de que todo, en el país, se encuentra en “plena normalidad”. De inmediato se impuso dicha premisa en la comunicación del oficialismo y del corifeo más rastrero posible: entre halagos por un golpe militar tan contundente, se trató de imponer la lógica que apuntaba a la exageración de quienes optaron por informar y, en ese sentido, prevenir acerca de lo que se presentaba en decenas de avenidas y carreteras de diversos estados.
Lo normal, vaya palabra que no termina por convencer a nadie. Inclusive, más de una persona, al comunicarse con sus familiares y amigos en ciudades y poblaciones en las que se presentaba este contexto de violencia, expresaban que, si bien los llamados “bloqueos” podían ser algo más o menos cotidiano, en esta ocasión algo se escapaba de lo normal. A pesar de este intento discursivo y de tragicómica retórica por redimensionar lo ocurrido, quedarán muy presentes el silencio de las calles, el cierre de negocios, los pronunciamientos de instituciones educativas que optaron por la seguridad de su población estudiantil y académica; en efecto, el miedo y la prudencia, una combinación que está muy lejos de ser lo cotidiano.
Ahora bien, si por normal se debe entender el enfrentamiento sistemático al crimen organizado, otro “gallo nos cantaría” en este país. Sin embargo, no podemos perder de vista que esto implicaría poner bajo la lupa las redes de corrupción e impunidad que han hecho posible que el crimen organizado logre paralizar al país en cuestión de un par de horas. ¿Esto sería factible cuando se han desconfigurado los contrapesos de un Estado democrático y republicano como al que siempre hemos aspirado como país? Creo que, lamentablemente, conocemos la respuesta.
A diferencia de la Copa Mundial de Clavados a efectuarse en Guadalajara –que terminó por ser cancelado–, el de futbol se llevará a cabo por todas las implicaciones económicas que conlleva. Lo interesante será preguntarse qué tan costosas y “normales” serán las elecciones del próximo año cuando en el panorama hay nuevos factores que bien podrían oxidar los engranajes del oficialismo y su partido político. Pero es un simple y elemental suponer.
