Mauricio Molina y el abismo
Su paso por la literatura mexicana fue la de un sonámbulo muy lúcido. Era un cinéfilo empedernido; la televisión y la red, además de todos los gadgets, le provocaban una emoción incontrolable
Mauricio Molina (1959-2021) era un escarabajo verde por las mañanas, y una serpiente encarnada por las noches. Una vez vi en su recuerdo cómo un gato tuvo sus crías mientras se arrellanaba en su cabeza de nido negro. Amaba a los autores marginales. Se sentía identificado con Fernando Pessoa, de quien siguió sus pasos por las calles de Lisboa cuando lo vio; estaban ebrios y enajenados, con el interior “lleno de todos los sueños de este mundo”.
Su paso por la literatura mexicana fue la de un sonámbulo muy lúcido. Era un cinéfilo empedernido; la televisión y la red, además de todos los gadgets, le provocaban una emoción incontrolable. Casi puedo asegurar que fue uno de los primeros en escribir sus textos en una tableta que compró en la Quinta Avenida, en Nueva York.
Le gustaba fabularse viajando en el tiempo o soñando una vida con alguna mujer. Su vida estuvo muy ligada a su literatura, era un autor autoficcional. En ese sentido, nos engañó muy bien a todos. “Era la mentira uno de los juegos que mejor le salía”, me dijo una mujer que vivió con él casi una década; “terminaba enredándose en ella a tal punto que sólo podremos encontrarnos con él en sus libros”.
Como se resistía a creer que la vida no tenía sentido, marcaba acontecimientos de ella como coincidencias narrativas. Se contó una historia de sí mismo y la vivió hasta el final. Molina era el personaje principal de todas sus ficciones, creía fielmente en la teoría de que el autor es el Uno y Todos sus personajes. Era su cuerpo, hecho nudo, un garabato; su deseo punzante por las mujeres; su adicción al peligro, y al vértigo de la muerte, lo que le hicieron construir una literatura rara, llena de códigos secretos. Se decidió por el riesgo y la alucinación descontrolada, aunque podía salirse un rato y verse desde afuera flotando. Su cuerpo, “ese sinvergüenza”, lo atrapaba nuevamente y lo amarraba al teclado, lo conectaba, y él se perdía.
Sé que algunas de las protagonistas de sus cuentos quisieron salvarlo, él mismo se los pedía a gritos. Pero esas encarnaciones que se le aparecían por las noches, esas rebabas que brotaban de su piel, no lo lograron porque no lo necesitaba. Molina encontró en la literatura su única posibilidad de vivir. Se aferraba a ella como no he visto a nadie.
Lo leyeron y lo han leído los que están preparados para descubrir otro rostro de lo humano en la literatura mexicana. Él estaba contento de ser respetado, pero no famoso. El anonimato le iba bien: podía hacer lo que quería. Sabía, como Eliot, que hay que desconfiar de los escritores muy populares, porque seguro están repitiendo fórmulas ya probadas. En el contexto de México, yo añadiría que hay escritores famosos por todo, menos por escribir bien; son políticos de la literatura, vividores melosos, seductores muchos de ellos.
Una de sus mujeres, de la que fui muy amiga, vivió feliz con él durante algunos años, porque logró navegar por el río en su espalda, pero, cuando llegaron a un descanso arenoso, él la emponzoñó. Ella estuvo muy enferma y tuvo que dejarlo. Muchos años después la volví a ver y me dijo que aún no logra comprender con quién vivió, sólo sabe que ese hecho la cambió para siempre.
Recuerdo a los dos en un vagón del metro en Madrid, ella ya está muy cansada. Él no para de contar el dinero y de hablar de la conferencia que acaba de dar. Ella está totalmente pintada de rojo y desnuda. Él sigue contando el dinero y se detiene. Se ven a los ojos y lo saben todo, sólo pueden ser dos. Él toma a la mujer roja que se toca el vientre y caminan hacia el Museo del Prado. Frente a Las meninas, Mauricio Molina le enseña la estatua del hermafrodita al otro extremo de la sala a su mujer; y ella comprende, por unos segundos, lo que es el abismo.
