Marosa di Giorgio y Los papeles salvajes
Muy pronto comencé a eructar pequeñas flores en embrión que coloqué en los árboles y vi cómo crecían en unos segundos. Seguí pariendo toda la noche y la selva estallaba en colores y en plantas hambrientas...
El tiempo terminará porque es mi deseo. Veo tus ojos rasgados en lo negro. Muerdo una ciruela jugosa, me miras intermitentemente, mientras lees Los papeles salvajes. Tus manos duras se pasean sobre su cuerpo huevo, el viento la acaricia con su falda encarnada y la luz atraviesa sus pechos.
Camina entre la maleza con una pantera, y un mono, y un tigre también: Dionisia de tetas glotonas. Los árboles llenos de sol sudan pájaros y bichos rastreros. Caminamos sobre insectos. Todo cruje. Ella sonríe porque llegó a su destino.
Tengo miedo de perder mi escritura, sufro desde que entendí algunos pasajes de Thomas Mann. Entonces invento historias y olvido leer Los papeles salvajes de la mujer extravagante del paisito, me veo leerlos y perfumarme con el aroma de las glicinas que sale de sus páginas, sexos escandalosos. Cuelgo mis inventos escriturales en un perchero, son alas gigantes de mariposas blanco con negro, rígidas de tanta muerte.
De nuevo tus ojos rasgados me miran desde lo alto. Me duele todo el cuerpo, no hay nada que pueda hacer para evitarlo. Las drogas me mantienen en una especie de sopor. El ardor se expande como onda en el agua. Todo se inflama. Este texto está hecho de la enfermedad, Marosa di Giorgio es un bálsamo que lo cura con su busto rebosante, hinchado.
Me dijeron, y decido creerlo, que todas las plantas tienen flores, sólo que no son siempre tan vistosas o casi no se ven. Sí, me contestas, yo soy una flor de la orilla de la carretera, cambio de color cada temporada y voy saltando con el viento de lugar en lugar: me multiplico. Encuentro a otras flores, despierto entre otros pétalos, nos enamoramos de otros tallos duros, largos; y cantamos.
Las aves pusieron huevos rojos. Cierro los ojos, todo es rojo. La luna está bañada de sangre en el lago, los cisnes se fueron, pero queda el eco de su estancia, el aroma de sus desechos.
Todo está invadido de flores. Paso mi mano por cada una de ellas, mi dedo índice se detiene en el centro pachoncito de la más hermosa y lo hundo, la corto para mí. Pongo la flor en el agua inmóvil, transparente, y veo el mundo en su figura.
Debo internarme en lo verde, debo dejar que el olor de las plantas floreciendo me ericen la piel y me llenen de fantasías. Estoy borracha, cautivada por ellas. Me las comí todas, tenía las manos y los dientes coloreados, la boca hinchada; y pensé que había valido la pena ese acto caníbal.
Muy pronto comencé a eructar pequeñas flores en embrión que coloqué en los árboles y vi cómo crecían en unos segundos. Seguí pariendo toda la noche y la selva estallaba en colores y en plantas hambrientas que comían madera al unísono.
Pronto el lugar estaba lleno de todo tipo de animales tragando al tiempo que trepaban los árboles en un éxtasis colectivo. Yo observaba con tus ojos rasgados sentados en mi espalda. Cierra tus ventanitas de hermosos capullos amor, mañana tendremos que poblar otra selva.
