Los ojos de Amparo Dávila
• El día de su muerte le pidió a la enfermera un espejo y vio una máscara derretida• Amparo murió caminando y acariciando su casa, que era ella misma
Amparo camina despacio por su casa, acaricia los muros, los muebles y las plantas. Vivos y muertos son tratados con amor; reciben murmullos, rezos y grititos de dolor. Amparo ha dispuesto sus cuentos en frascos transparentes y los ve repetir el mismo drama. Quita personajes, mobiliario, paisajes y modifica por completo la historia y ha notado que también otros cuentos se ven afectados: cambia la forma de su frasco.
Cuando alguien entra en su habitación, con una palabra mágica hace que todo desaparezca. Ni siquiera las chicas del aseo o su enfermera saben que Amparo tiene un plan: cuando muera, el sol estará muy amarillo y se llevará todos los cuentos de cristal y seguirá jugando. Mejor aún, preñará las cabezas de los nuevos escritores con su creaciones oscuras y melancólicas.
Amparo, la de ojos alargados, suspira con su gato en las rodillas y acostumbra quedarse absorta, con el cuerpo cada vez más pequeñito, en alguna de sus historias todo el día; llena de lluvia y llanto. Luego sueña: es joven de nuevo, se enamora.
Recuerda cómo sus amantes, los verdaderos y los inventados, la hicieron sufrir. Hoy vomita algo parecido a pequeños seres que la miran extasiados. La vida con ellos era una cárcel. Cuando esos amores vivían, su cuerpo siempre tembloroso esperaba asaltos por las noches de hombres oliendo a alcohol y a otras mujeres. Llegó a amar a alguno. También estableció una métrica de dolor, equiparada al amor. Amparo olía el miedo y para ella tenía también sabor; se refugió en sus hijos-cuentos, y en el crujir de sus entrañas.
Una noche, ya de vieja, volvió a sentir ese deseo que aparece sólo en la juventud: en todo el cuerpo sintió aquella presencia total de uno que fuera su marido. Las plantas del jardín se movían en remolino porque el viento se concentraba allí, como si su casa fuera la elegida para el inicio...
El hombre estaba envuelto en una bruma espesa con los ojos cambiándole de color: azul, gris, verde, humo verde azul. Los ojos se acercaron a su cuerpo frágil y suave; y las manos, dueñas de los ojos, la balancearon en el aire como a una niña. Ella sonrió y tuvo 50, 30, 20, 10 años, y su cuerpo era el de una diosa multiforme; y Amparo guardó al hombre en uno de sus frascos y lo bañó con su saliva dulce.
El día de su muerte le pidió a la enfermera un espejo y vio una máscara derretida. Ya no lloró porque sus ojos eran los mismos, había regresado a explorar los balbuceos. Recordó su primera imagen del mundo: estaba aún en la cuna. Nunca se lo confesó a nadie y supo que esa presencia había sido su impulso en la vida. Los ojos de su primer fantasma se repitieron como un eco en sus narraciones, en sus sueños, en su vida.
Amparo murió caminando y acariciando su casa, que era ella misma. Una mueca de satisfacción se le trasminaba del cuerpo, ya tan pequeño como una sandía. Ahora nos mira alucinada y cambia a los personajes de los frascos sin reparos, su mundo de fantasía es más sofisticado y terrorífico.
