Los huecos mojados y la peste
El apetito de Leda le exigía cambiar de hombre. Un día perdió el deseo por los hombres y comenzó a corretear a sus damas
Leda dejó de salir en cuanto comenzó la peste que se transmitía por el aliento, se encerró con sus damas, sus hijos, Tindáreo su marido y toda la servidumbre. Los días eran redondos, la muerte era invisible y avanzaba rápido. Los cadáveres estaban hinchados de moscas; derritiéndose en la tierra. Era un verano que hervía la piel rosa encarnada de la reina de Esparta, quien tenía incendios en las coyunturas; en los huecos mojados. El cuerpo endurecido y abultado le temblaba de deseo. Además de hacer el amor con Tindáreo, montaba a tres o cuatro hombres al día. La operación requería tiempo, más ahora con la peste. Así que Leda elegía hombres y los encerraba unas semanas. Si todo estaba bien, sus damas preparaban a los caballeros ofreciéndoles sus cuerpos, muchos de ellos virginales.
El apetito de Leda le exigía cambiar de hombre, pero debido a la escasez comenzó a repetirlos. Recordaba al amante aquel que la escupió toda una noche y desapareció: la reina ejercía el poder sobre sus súbditos y, algunos, al lograr darse cuenta, por una iluminación quizá, reunían la voluntad suficiente para alejarse del monstruo; del vampiro mítico. Sabían que era una de esas sabias ancestrales alimentadas del pensamiento y la energía de otros. Las mujeres de su especie, rociadas de divinidad, no podían pertenecer a un solo hombre. Ella tenía que tragar cuerpos hasta hartarse, era un mandato de su Cisne.
Un día, Leda perdió el deseo por los hombres y comenzó a corretear como fauno a sus damas. Las obligaba a realizar todo tipo de acrobacias sexuales para su deleite. Le gustaban las sesiones donde ellas jugueteaban con sus pezones y le lamían al mismo tiempo las cavidades. Luego mandó fabricar juguetes de mármol y madera; y hacía sesiones en las que las muchachas usaban esos dildos primitivos con máscaras llenas de encantadores bordados color durazno. Después de las bacanales, Leda se sumía en una profunda depresión que no le permitía moverse por un tiempo. Su cuerpo de más de 2,000 años ya no tenía voluntad; necesitaba otro, pero aún no cumplía la condena de Zeus.
Leda se paró frente a la transparencia del lago que reflejaba ciudades de cristal desiertas. Ahora Esparta, enferma y maloliente, tenía a la mitad de su población muerta o enloquecida y Leda seguía con un apetito insaciable. Sobre las caras del futuro que avanzaban en el lago, Leda vio su propio rostro y observó que tenía una mueca irreconocible. Las llamas del atardecer palidecían y la reina, temblorosa, esperaba ocupar ya otra sustancia. Era hoy la fecha convenida. Ya había cumplido su condena. Todo era por Zeus, quien gustaba de ver a sus mujeres arrastradas por la lujuria; envenenadas por sus propios jugos; extasiadas del olor ajeno. Leda jugaba con sus cabellos, que cambiaban de color con el viento sobre ellos: rojo, negro, rubio, blanco...
En lugar del estuche de mujer prometido por Zeus, apareció su hijo Pólux sostenido por el aire. Leda se colocó frente a él, cuya alma estaba acurrucada en sus pupilas esperando las palabras mágicas para caer y preñar su lago. Leda sopló su sustancia en lenguaje y entró por el oído derecho del Dioscuro, quien arrojó su alma al lago e hizo crecer plantas y peces imposibles.
Las ciudades de cristal ya no existían, sólo animales y plantas eran los habitantes de los rascacielos. Leda caminó por Esparta en cuerpo de varón, cuando Tindáreo la vio llegar, tan hermoso, sus ojos ya casi en el Hades chispearon como estrellas muy brillantes; los amantes se acariciaron, se respiraron y durmieron abrazados. Era cuestión de días para que la reina comenzara con las primeras alucinaciones.
