Las plumas de las gallinas degolladas

Cuál sería su sorpresa cuando le dijeron que las habían matado a todas para hacer un almohadón de plumas para la patrona, que se había casado con Adrián, al que todas querían.

Todavía la recuerdo persiguiendo a las gallinas, riendo y con el pelo crispado. Cuál sería su sorpresa cuando le dijeron que las habían matado a todas para hacer un almohadón de plumas para la patrona, que se había casado con Adrián, al que todas querían. Araceli se prometió vengar la muerte de sus animales. Se envolvió en un rebozo de lana y caminó durante días, luego semanas, después meses; hasta que tuvo una visión: haría crecer el mal en la casa de la mujer que dormía con la suavidad de sus gallinas.

De regreso, se dirigió, ya muy tarde, al acantilado donde vivía la joven pareja y los vigiló. Así pasaron varios días, hasta que supo su rutina. Entró al lugar una noche en que tenía la panza bien caliente y vio a la recién casada desnuda sobre el almohadón y un coro de hombres adorándola. Adrián miraba al infinito más hermoso que nunca.

Una niña blanca de ojos rasgados la llevó a sentarse en una esquina. La mujer desnuda se levantó y comenzó a recitar un texto en un idioma desconocido, que los hombres escribían en pequeños cuadernos rojos.

Ella repetía en su cabeza: “Abrácenme fuerte”. Detuvo su pensamiento, respiró y todo en la habitación comenzó a incendiarse. La mujer desnuda se retorcía y los cantos de los hombres eran más fuertes. Vino el silencio y terminó el fuego.

La joven Araceli pensaba intensamente cómo vengarse por la muerte de sus gallinas y lo solucionó hablando fuerte y claro: “Exijo un pago por mis animales”. “Cierra los ojos”, dijo Adrián; al abrirlos, Araceli se convulsionaba como pez antes de morir, se veía a sí misma sentarse en una esquina acompañada de la niña blanca de ojos rasgados.

Comenzó a vivir en la casa con Adrián, era su marido. Todos habían olvidado lo sucedido esa noche y a ella le gustó también hacerlo. Había pasado de estar rodeada de animales de corral y hombres sucios a ser la señora de una de las casas más lindas del lugar y estaba realmente feliz por eso. Dormía más cada día, se enroscaba en el almohadón como doncella enamorada. Se puso más rosada y gorda. Estaba segura que dentro de poco estaría abrazando a su primer hijo. Y, como el doctor confirmó la noticia, su marido guardó silencio.

En el primer mes de embarazo, Araceli únicamente comió helados. Después se aficionó a las mandarinas y, más tarde, al chocolate. Dormía casi 15 horas al día en la suavidad de su amor emplumado y Adrián le acariciaba el pelo rojo de reptil.

Araceli engordó y se volvió irresistible. Las señoras que la atendían, se peleaban para bañarla y, muy pronto, tenía jovencitas de todo el lugar queriendo también alimentarla. Su marido estaba extasiado. Las muchachas invadieron el jardín, en el que rascaron agujeros para dormir con la mitad del cuerpo enterrado. Araceli ordenó que les dieran de comer, sentía pena por ellas. Luego les permitió quedarse con los caballos y más tarde ya revoloteaban por toda la casa.

Ella se encerró a dormir con su hermoso almohadón el último mes de embarazo. Una noche sin luna la despertó el cloqueo de unas gallinas. Caminó sobre el aire oscuro, atravesó la estancia. En el jardín, lleno de agujeros, estaban los hombres rezando y Adrián, coronados de una nube de plumas. La niña blanca de ojos rasgados la vio llegar y no escondió su boca ensangrentada y el vestido lleno de tierra.

Araceli, ven a comer semillas”, dijo su marido. En una fila muy derecha estaban las muchachas del pueblo degolladas. Araceli apretaba, ya sin vientre, un enorme huevo que puso sobre el suelo y comenzó a picotear los cadáveres.

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