Las hermanas, de Leonora Carrington

Convertiste a tu hermana en un fantasma y, no conforme con humillarla en un cuento, la encerraste en un cofre como a un genio en una lámpara.

Recuerdas una voz apiñonada de pelo chino preguntándote: “¿Qué soñaste hoy Leonora?”. Los rizos de la voz resplandecen y se burlan de su luna-boca que come y, después, fuma un tanto enloquecida.

Concéntrate para ver lo que soñaste; escucha la música del fonógrafo; los muebles arrastrándose; un niño aullando; el sonido de tus entrañas; mira dos cuadros, un hombre y una mujer se inclinan frente a frente en el cielo. Presientes que es un amor ingenuo, no parece ser el tuyo.

Tú existes en otro sueño y estás en otro cuadro, desintegrada en colores y formas: haces representaciones, amas el suspenso, narraste tus sueños, incluso los que soñabas mirándote en el espejo. Convertiste a tu hermana en un fantasma y, no conforme con humillarla en un cuento, la encerraste en un cofre como a un genio en una lámpara.

“Todo en el cuadro salió de mi cuerpo en tensión y en concentración”, gritas a los cuatro vientos; pero sabes que esa suavidad vino de lo negro, del deseo. Los hombres y las mujeres que escribes y pintas están en llamas porque tú vives así, ardiendo.

El cuerpo de tu hermana se volvió delgado en extremo, la boca seguía viviendo en la voluptuosidad; pero su piel no merecía ya los rayos del sol, de eso te encargaste tú. Te decías muy convencida de que el sol la hacía buscar los dulces y los fermentos como un animal enloquecido.

No participaste en su encarcelamiento, pero se te informaba todo. Y bebías y te dormías para olvidar. ¿Cuál era el sueño en común que tenías con tu hermana? Ella estaba poseída por Baco, y deseaba beber de sus aguas rojas. “Mi colibrí albino, mi hermana, mi doble”, decías y recreabas su risa y su boca hambrienta. La mantuviste apartada de todos.

Ella hubiera hecho lo mismo; y, seguramente, tú la verías con los ojos de desolación con los que ella te mira ahora, como un genio de la lámpara.

Piensas todos los días en ese cuadro, y en tu hermana ya blanquísima, siempre encerrada, preguntándote: “¿Qué soñaste hoy Leonora?”, ya sin jugo en los labios. Y te sientes culpable, sabes que era ella o tú. Por eso le escribiste un cuento y la volviste reina de un carnaval de dos.

Tienes en tu estudio varias cajas muy pequeñas, en las que encierras castillos, personas, animales, plantas e infinidad de seres y objetos.

Las llaves están siempre contigo en un monedero de boca de superficie rugosa y suave. La boca fuma. Al sacar el aire se le ve una doble fila de dientes en la parte superior. Tú le preguntas: “¿Por qué no te los quitas?”. Ella inclina la cabeza y se ríe; “siempre hacen falta dientes”, asegura.

Por eso decides hacerte diminuta y te encierras con ella en un cuadro. Te refugias entre lienzos que preñan al mundo de nuevos sueños. Un día nadie despierta, caminas entre cadáveres y todo es difuso. Las imágenes se superponen y llegas a lo blanco.

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