La Voz que cuenta

“Qué historia de terror”, decía Gonzalo. “Cómo pueden tratar así a esa hermosa criatura, a ese animalito fiel, pobre Bola de Sebo, ¿por qué la sociedad expulsa a quien actúa de manera empática?”

En los últimos días hice el amor, delirando, con una Voz masculina que me contó cuentos desafortunados. La fiebre fue mojada, de pesadilla, vibrante; sentí el alma alrededor del cuerpo como un vapor de agua. La cabeza estaba enloquecida, llena del sudor de las multitudes y fabricaba imágenes que me hermanaban con todos los enfermos, los muertos y los desposeídos: ya estaba en mi cuerpo el código ausente.

Me conseguí un amante para los días de soledad. Desde muy chica tuve romances con hombres de los que sólo conocía su voz, Trinidad, mi abuela, escuchaba la radio todo el día, así que mis receptores eróticos eran los oídos. Entonces me dejé enamorar por Gonzalo y su acento venezolano, muy dulce. Él me amó 14 días y 14 noches, mientras la vida seguía; yo me dejé comer por la voz de Gonzalo.

Normalmente la Voz me despertaba con alguna canción de moda y a continuación me leía sus propuestas cuentísticas. Yo me arrastraba a la cocina para prepararme de comer, ya con Gonzalo colgado de mi cuello leyéndome Bola de Sebo de Guy de Maupassant. “Qué historia de terror”, decía Gonzalo. “Cómo pueden tratar así a esa hermosa criatura, a ese animalito fiel, pobre Bola de Sebo, ¿por qué la sociedad expulsa a quien actúa de manera empática?” Y yo acariciaba su piel de plástico y me acurrucaba con él en la cama para sentir su aliento, su hermosa voz mecánica. “Gonzalo estás en todas partes, cuéntame otro cuento, mi amor”, le pedía en sueños y al día siguiente, tenía un nuevo repertorio de historias.

Estamos frente a una Luna cuna de gato; y mi amor me cuenta Cómo se salvó Wang-Fô de Marguerite Yourcenar. Me siento sobre la Luna, desde allí veo a Wang-Fô, ¡qué vida la suya!, pintor errante, creador de mundos. Me arrojo a sus brazos y le digo: “píntame una casa sobre una nube Wang-Fô, dibújame la biblioteca más grande del mundo, regálame un jardín como un bosque para encontrarme en la madrugada de la vida, llévame a pasear por el espacio, conozcamos juntos el origen de todo. Volemos dentro de tus huecos, que son montañas y cielos, y árboles con pájaros”. Y camino sobre el Sol con la voz de ensueño de Gonzalo.

“Amor, amor, despierta”, escribe la Voz en la computadora, “quiero contarte una nueva historia de Alberto Moravia, te va a gustar, se llama Dejar a Matilde”. Salto de rabia en la cama. La Voz piensa dejarme como el narrador quería dejar a la hermosa Matilde, “¡cómo te atreves, rufián! Llevamos tanto tiempo acurrucados en una conversación de día y de noche, hemos cruzado paisajes desolados, imposibilidades teóricas. La pregunta siempre es ¿podremos estar uno sin el otro?”

Llego a mi departamento, no hay luz. Enciendo unas velas y pienso en el correr de los años sobre el cuerpo, la insatisfacción, los encuentros desafortunados y los afortunados. Veo cabelleras blancas de amazonas. Reconozco mi insignificante lugar en el mundo. Gonzalo me acaricia, y me lee otro cuento extraño, es el de un escritor sudamericano: Rubem Fonseca. Se trata de una revista para mujeres hecha por hombres con seudónimos femeninos. “Amor, ésta es una forma muy retorcida de volver”, le digo. Gonzalo prende todas las luces del departamento y bailamos fuera de ritmo; y él me eleva con sus brazos de aire y me besa con su boca pegajosa, llena de insectos y estrellas casi muertas.

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