La niña blanca y el universo

Cuentos de fantasmas de escritoras victorianas eminentes

Muchos sistemas solares tienen dos soles. Eso mismo ocurrió con el nuestro, pero el más pequeño no sobrevivió, se convirtió en un planeta frío. Los seres humanos nacemos también en pares, no importa que sea en diferentes épocas, no tiene que ver tampoco con el amor de pareja. Es posible que los dos brillen con luz propia, pero también uno puede convertir al otro en una masa inerte.

Así, los seres humanos rechazados obligarán a que su gemelo y todo resultado de su existencia, sea destruido. La historia de la vieja niñera de Elizabeth Gaskell (1810-1865) es un ejemplo de este comportamiento universal.

Mi nombre es Rosamond, algo me persigue y me atormenta desde hace años; es una luz que apenas me deja ver sus saltos con el rabillo del ojo derecho. Tiene una cola anillada. Luego entro en trance y delante de mí aparece una catarata azul: miles de hilos como serpientes líquidas se presentan ante mí; la vida desgasta las piedras. Veo unas manos tocando el órgano musical. Yo, llena de esa transparencia, continúo hasta que la visión reaparece. Hace ocho días me inquieté de sobremanera, todos los sirvientes pusieron frente a mí el retrato de dos hermosas y altivas mujeres. Suponía, por los relatos de Hester, mi antes niñera, que se trataba de las pinturas perdidas de mis dos tías: Maude y Grace. Después de la muerte de la vieja Grace, Hester había instruido a todos para que quedara bajo secreto todo lo sucedido en la mansión después de la muerte de mis padres. Pero como ella había salido a visitar a unos parientes, todos se confabularon para contarme una parte de mi vida. Yo recordaba a la tía Grace con su dama de compañía a un lado siempre bordando y viendo arder el fuego.

Después de la muerte de mis padres, Hester y yo nos trasladamos a la mansión por órdenes de mi tío Lord Furnivall, quien nos dejó abandonadas con un puñado de sirvientes y las tías que tejían y atrapaban el presente, mientras veían quemarse el tiempo en su chimenea. Todo era muy borroso para mí, pero cada uno de los sirvientes fue regresando a mi memoria episodios olvidados de esos días cuando conocí a la niña vestida de blanco sobre la nieve espesa. Recordé su mano tibia arrastrándome hacia el bosque mientras la nieve me golpeaba el rostro; y volví a sentir los brazos de Maude, quien me acariciaba como una reina de nieve absorbiendo mi último aliento. Hester me salvó la vida esa y otras ocasiones, durante esos meses fue mi madre y mi amiga, aunque su papel era servirme.

La niña blanca quería guarecerse del abandono, de la expulsión sufrida por la soberbia de su madre Maude y las intrigas de Grace, su tía, y el abuelo… Las dos bellas mujeres de los retratos se habían enamorado de un músico que su padre trajo con todo y un gran órgano musical. Maude, la más joven, le ganó el juego a su hermana y se casó a escondidas con el músico y tuvieron una hija. Maude escondió a la pequeña hasta que la llevó a vivir a su casa con el pretexto de que era una campesina. La niña y la madre murieron, no se supo cómo, pero el abuelo Furnivall nos atormentó durante toda esa época con la terrible música del órgano, mientras la niña blanca, con una marca negra en el hombro, me llamaba a su lado: “Rosamond sálvame del frío”.

Parpadeo, la luz amarilla con cola anillada también y se entierra en mi pecho. La tormenta de nieve cae fuerte, estruendosa. Mis dos hijas sonríen en el salón, cantan. Mientras, escucho unos golpes en la ventana, la niña blanca tiene frío. Veo cómo mi hija se acerca a la puerta. La tormenta está adentro y la pequeña desaparece envuelta en un remolino de nieve. Me quedo despierta hasta el amanecer y veo cómo dos hermosos soles, uno más pequeño que el otro, surgen del bosque negro.

Título: Damas oscuras. Cuentos de fantasmas de escritoras victorianas eminentes.

Autores: Varios.

Editorial: Impedimenta, España, 2018.

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