Jardines de seda

Mi fascinación por las telas preciosas y todo lo que modificara mi imagen se tradujo en una extraña orden para el mundo. Mis amantes no perdían la ocasión de regalarme con alguna joya, maquillaje o vestido que yo acumulaba...

Desde niña he tenido un don; a las personas les gusta regalarme ropa, joyas y todo tipo de cosas para embellecer mi cuerpo. Carolina me traía vestidos de flores verdes, rosas y amarillas. Ahora mismo se abren las cajas de cartón blanco y me muestran jardines de seda. Como vivía en un barrio pobre mis vestidos eran una excentricidad, acentuada con sombreros de alas anchas para exhibirme entre plantas sucias leyendo un cuento. Sonreía imitando a alguna actriz de moda y levantaba los ojos sobre el libro.

Mi fascinación por las telas preciosas y todo lo que modificara mi imagen se tradujo en una extraña orden para el mundo. Mis amantes no perdían la ocasión de regalarme con alguna joya, maquillaje o vestido que yo acumulaba en los cuartos de mi casa. Tenía infinidad de atuendos y juro no haber comprado nada durante años, ni siquiera ropa interior.

Comenzaron a aparecer en los rincones de mi departamento vestidos que no había visto desde hacía años, los lavaba cuidadosamente a mano, los colgaba en un gancho y se perdían, no volvía a saber de ellos. Ayer lavé una playera con ojos. Hay una mínima posibilidad de parar todo esto. Lo supe cuando los ojos se cerraban al exprimir la playera.

Toda la casa está llena de cremas y bálsamos, la biblioteca rebosa de libros. Se multiplica todo a mi alrededor. Ya comencé a sacar cosas a los pasillos. Por las tardes las mujeres revolotean por el edificio y se llevan las prendas, algunas dejan incluso listas de cosas y yo trato de complacerlas. Hace unos días vi cómo mi departamento resplandecía y escuché el cuchicheo de la multitud a mis espaldas. Corrí a refugiarme en la multiplicación de mis objetos deseados.

Encuentro un nuevo recuerdo de seda. Parpadeo y ya no está. Monto en cólera. Quisiera poder acariciar la misma tela un día entero y no puedo, la ropa simplemente desaparece. Tomé fotografías de mi vestimenta que cambiaba cada vez más rápido.

De las fotografías vino el vacío.

Recuerdo el cuento que me puso en esta situación. Todo comenzó en un cuarto oscuro. Se prende un fósforo. El hombre abre una de las cuatro puertas y entra a un cuarto con cuatro puertas más, y una mujer hermosa que lo besa. Él la ama, lo supo antes de la luz. Destina el resto de sus habitaciones para ella y sus deseos. Los objetos de la mujer desbordan al hombre. El hombre inventa el vestido más hermoso del mundo y la mujer quiere dejarse acariciar por una prenda nueva más, “una y ya”, dice mientras llora y tiembla.

Se escucha el ruido de un fósforo al prenderse. Vuelvo a ver los jardines de seda desplegándose ante mis ojos. Carolina tiene las pupilas dilatadas; me muerde el lóbulo de la oreja derecha y estoy en mi departamento lleno de agua, todo se pudre en el agua. Pero estoy segura que mañana aparecerá una nueva falda, un collar de piedras preciosas que jamás será mío de verdad.

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