Hambre
Llevo semanas sin parar de comer todo el día: pescados, carne cruda y cocinada, pasteles, helados, papas de colores, pollos, pequeños huevos, gusanos fritos y más. Necesito estar masticando algo; sentir un sabor dulce, salado o picante. Necesito una experiencia. Y si, ...
Llevo semanas sin parar de comer todo el día: pescados, carne cruda y cocinada, pasteles, helados, papas de colores, pollos, pequeños huevos, gusanos fritos y más. Necesito estar masticando algo; sentir un sabor dulce, salado o picante. Necesito una experiencia. Y si, por alguna razón, no tengo nada en la boca, se me acelera la respiración, sudo y me hormiguean las manos.
En mi bolsa tengo golosinas, pero no es suficiente. En un trayecto de apenas una hora fui hospitalizada. Por las noches, en mis sueños brevísimos, un niño me pide que lo alimente. Yo le doy galletas que se le espolvorean en el cuerpo. Despierto cada vez con más hambre. Mastico frutas, tomo agua de sabores y, aunque estoy siempre a punto de vomitar, me contengo. Me veo en el espejo y me encuentro suave, me acaricio el pelo, las orejas y sonrío porque me he integrado a la espiral grotesca del mundo.
No ha sido fácil para mí dejarme arrastrar por la comida y, por lo tanto, engordar. Soy particularmente vanidosa y sé que, si sigo comiendo, terminaré postrada en una silla de ruedas y después en una cama. “Quizá ni siquiera pueda costearlo”, pienso, pero sigo tronando tostadas con los dientes. Cuando era chiquilla escondía la comida en servilletas para tirarla porque me molestaba la textura de las cosas; pero ahora, simplemente soy voraz, como lo que sea.
Mi nueva condición me ha traído sorpresas. Las personas que no eran amables conmigo, ahora entornan sus ojos y me hablan de sus sufrimientos, me abrazan; incluso me comparten de su comida, pero yo sé que eso es momentáneo, pronto comenzaré a ser desagradable. Ya sudo mucho al caminar, desplazarme de un lugar a otro me resulta complicado y comer todo el tiempo me da un mal aliento. Lo sé y no me importa.
Por extraño que parezca, las personas no se alejan de mí. Eso nunca pasó cuando yo era hermosa y me esforzaba por ser virtuosa. Me he visto de nuevo en el espejo y, aunque sigo siendo suave, mi expresión es vulgar y mis orejas son realmente chistosas. Eso parece agradarles. Ya hay comisiones que me llevan de un espacio a otro en el trabajo y se fascinan por poder ayudarme; y yo no lo comprendo. ¿Qué no me ven? ¿Acaso no se dan cuenta en lo que me he convertido?
Entre más fea e inútil me vuelvo, resulto ser más atractiva. Al punto de que atraje a personas de diferentes partes del mundo sólo para contemplarme, pasan horas observándome comer. Pronto empezaron las cámaras. Mi vida era ya un espectáculo. Yo era por fin famosa y amada.
Siempre a punto de volver el estómago. Y, mientras seguía comiendo, recordé que fui escritora y que me hastié de las imágenes repetidas del cine en la literatura. Me resultaba horrible la poesía llena de estrellas y pájaros falsos. No soportaba las narraciones basadas en hechos reales. Y, por eso, había decidido comérmelo todo hasta explotar como una hermosa bola de cebo. Pero ahora que estoy a punto de lograrlo, me doy cuenta de que no ha valido la pena ese performance con mi cuerpo. De cualquier manera seguirá de moda lo superficial y el sinsentido.
