De espaldas al mar
Veía pornografía y pensaba en numerosos crímenes atroces; pero nunca, lo juro, concreté ninguno.

Leda Rendón
Umbrales mínimos
Deseo creer que empecé a vivir la vida a las seis de la tarde en ese viaje por el sur del continente. Antes veía a los demás como hologramas; muchas veces, pensé mientras manejaba, que podría atropellar a cualquiera y no pasaría nada. Imaginé situaciones más graves y me di cuenta de que no me importaba la vida del otro. Simplemente no hacía esas cosas, porque supondrían una molestia.
Me imaginaba lo que pasaría si de pronto apuñalaba a una mujer embarazada por la espalda, sería incómodo porque tendría que ocultar el cadáver y, aún así, podría ir a la cárcel. Si quisiera hacer una maldad de esa magnitud, tendría que planearlo muy bien y no quería perder el tiempo. Por alguna razón, esas fantasías aparecen con las personas que más ternura me provocan.
Podía imaginarme en situaciones íntimas, casi con cualquier ser vivo. Veía pornografía y pensaba en numerosos crímenes atroces; pero nunca, lo juro, concreté ninguno. Yo me sentía un hombre tranquilo; es decir, todo lo anterior se quedaba en el terreno de la fantasía, de mis lecturas y textos. ¿Eso me hacía una mala persona? El psiquiatra aseguró que era mi consumo de alcohol y tabaco lo que alentaba las visiones. Lo sustituí todo por pastillas.
Por otro lado, era profundamente respetuoso con las mujeres. Pienso que les parezco atractivo, pero yo no me acerco. No es por desconfianza, mi madre me enseñó que las chicas prefieren a los hombres distantes y sobrios; de esa manera, ellas mismas toman la iniciativa. Lo que les resulta, a unas pocas interesantes, son mi espacio lleno de libros y mi prestigio y, con relativa facilidad, se me arrojan encima.
Por alguna razón que no comprendo, una mujer se me aparece lejana, casi insignificante en el recuerdo, últimamente. La vi muy pocas veces. Una tarde me dijo “hueles a musgo húmedo”, y al entrar a mi casa se corrigió y dijo, con pena, que en realidad olía a “libro viejo”. No me molesté; me imaginé que era una araña y la aseché desde un rincón de mi librería personal para comérmela. A ella yo le agradaba, pero no debía corresponderme. Como no podía tocarla, mis gatos se acurrucaron en sus piernas y sus pechos, y ronronearon varios minutos. Ella tomaba té y fumaba, de una pipa de cristal, un poco de hierba que llevaba en una bolsa de plástico.
Yo no lograba distinguir su deseo, no podía leerla ni predecir sus movimientos. Me atraía y, al mismo tiempo, me provocaba repulsión. Debía mantenerme ecuánime. Todo está prohibido. Pero yo quiero tomarla de la mano, borrar el mundo, olvidar mi pasado y el suyo.
Y por eso aquella tarde a las seis, en ese viaje por el sur del continente, comencé a vivir la vida. Nos vi caminar de la mano; ella llevaba un niño, yo fumaba un tabaco, como si nunca hubiera dejado de fumar. Se sentaron en el mismo café que yo, los tres. Él pidió una copa de vino, como si nunca hubiera dejado de beber. Yo me paré y el chiquillo me señaló con el dedo y gritó: “Papá se va”. Yo no volteé y seguí mi camino de espaldas al mar.