El cumpleaños

Decidí pasar mi cumpleaños nadando; así que le pedí al encargado del lugar, en el que nado tres veces por semana, que me permitiera hacerlo. Me dejaron un carril

El cielo tiene un hermoso color azul claro y las aves cantan mientras nado. ¿Cómo he podido estar sin el agua recorriéndome durante tanto tiempo? Hoy no será un día triste, estoy segura. Pienso en mantenerme a flote en el agua. No me detengo ni cuando toco la orilla y recuerdo a aquel poeta que cruzó a nado el Helesponto.

Una niña dice cada vez que saco la cabeza de la alberca: “Una mamá". Se refiere a mí, pero la ignoro y sigo con la rutina que yo misma me impuse. Es difícil saber si su canto de sirenita hipnotizará al entrenador, que se esfuerza por hacer que atraviese el agua sobre un popote rosa.

Decidí pasar mi cumpleaños nadando; así que le pedí al encargado del lugar, en el que nado tres veces por semana, que me permitiera hacerlo. Me dejaron un carril. A los pocos minutos, los gritos de los niños son un eco lejano.

El interés que había provocado que pidiera nadar todo el día ya se había calmado. Las personas estaban en lo suyo. “Seguramente regresarán al día siguiente para verme las últimas horas e invitarme a comer", pensé.

Estoy sola en el agua oscura. El guardia camina en torno mío de un tiempo a otro. Yo continúo estirando los brazos con lentitud. Suspendida en un ojo de agua artificial, recuerdo las ocasiones en que me he enamorado y tengo miedo de perder el deseo por conocer. Me duermo sobre el agua como una hoja seca.

Por la mañana, los chiquillos se lanzan a la alberca hechos una cochinilla humana. Yo veo sus caritas salir como reflejos empapados y me pregunto ¿cómo es la piel de un niño bajo el agua? Yo sólo había tocado la mano de un anciano y me pareció que tenía una suavidad cremosa.

Comienzo a saltar como delfín para atraer a los niños. Y pronto veo sus pies a mi alrededor y toco la piernita de uno de ellos; apenas la rozo, siento el rojo de las flores. Procedo a tocar mi pecho y lo descubro duro, está áspero el pobre.

El altavoz del lugar anuncia que me faltaban cinco horas de nado para completar las 24, y se escucha un ligero “¡oh!" de las personas presentes. Después continúan haciendo lo suyo.

Yo atravieso el agua cada vez más ligera. Soy una mota de polvo, me sostengo de los cuerpos o de alguna corriente de agua y subo a respirar como remolino. Estas fantasías me hacen seguir con mi cumpleaños.

Siento la panza pegada a la espalda y un vacío viscoso. Mi hermana escribió en un cuento: “Encuentra el tiempo sin tiempo bajo el agua". Y, por eso, estoy aquí a punto de volver a ver el sol.

Veo al tío Henri de lejos caminar derecho hacia donde me encuentro. Lo veo en fragmentos desvestirse y quedarse con un traje de baño a cuadros. Se mete a mi carril y se queda flotando en la orilla y espera mi llegada.

Doy una vuelta para seguir nadando y rozo de nuevo su carne cremosa. El anciano de 97 años da un alarido y los niños se callan y huyen de la alberca. Sólo queda sobre su popote rosa la chiquilina de ayer.

En el altavoz se escucha que faltan unos minutos para que termine mi proeza. Yo ya no siento las piernas, apenas puedo salir a respirar. Mis brazos no responden y veo a la chiquilla y al viejo rebasarme al mismo ritmo y siento ternura.

Terminó mi tiempo. Sacan mi cuerpo del agua y veo ojos risueños sobre mí. Me asomo a mi cuerpo y tiene los poros muy abiertos, con corales y peces que nacen de ellos. Los ojos saltan y gritan en euforia juvenil, mientras me arrancan a mis hijos de colores.

 

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