El avatar de Borges
Esta nota quería empezarla con el sol y el mar que guardé en un frasco grande de chiles
Hace cuatro años escribo sobre cuento en este periódico, en una tablet vieja siempre sobre la cama: duermo, escribo y me alimento durante ocho horas, y el texto aparece sobre la pantalla, que muchas veces ya no responde a mis indicaciones. Durante el mes, colecciono imágenes y experiencias al mismo tiempo que leo el libro y elijo el texto que voy a reseñar. Cada mes me vuelvo otro.
La tarea de escribir un cuento sobre un(os) cuento(s) me la impuse por puro placer cuentístico; ignoro si alguno de mis monstruillos haya germinado en ti, querido lector. Me pregunto siempre ¿quién escribe estos textos? Lo sé hasta el final, aunque lo presiento durante la escritura.
Pienso en Borges y yo y quisiera suponer que habla del Borges escritor y el Borges que ve su vida como escritor. Aunque sé de sobra que el cuento es mucho más: Borges y yo quizá sea la representación más clara del infinito, de la totalidad y, por lo tanto, del vacío: “Borges y Borges” el abismo del ser con el cerebro abierto ya sin sangre “sobre una mesa de disección”. Quizá este cuento hable más de mí de lo que imagino y por eso lo elegí, porque Borges fue famoso y yo no. Por eso me lo sé de memoria. Y quisiera, como ya lo hicieron antes que yo, transcribirlo para atravesar sus palabras. Re-escribirlo sólo por el gusto de pensar que lo he escrito yo. Cambio “Borges” por mi nombre y ya está.
Yo participo poco del material de mis reseñas. Mis cuentos son extraños e ilegibles, mis novelas más. Mientras estuve vivo pocos realmente me admiraron, para algunos mis textos podrían ser alebrijes abstractos, inevitablemente estoy presente durante su escritura. Ignoro quién escribe mis textos, incluyendo estas reseñas. Ellos viven escondidos en algún lugar de mi cuerpo y luego salen en trozos mientras escribo.
Digamos que soy su punto de referencia: el mecanismo con el que interactúan. Tienen una perversión estas reseñas. Algo que apenas en este momento noto, quieren contenerlo todo: participan del espíritu romántico. ¿Rompo el orden establecido con estos textos? Sólo quiero resistirme a la forma “clásica” de escribir reseñas; elijo pensar que una forma sólo se puede pensar a partir de ella misma y las otras formas que en ella habitan. Así como Borges intenta contener la infinitud mutable del Borges que habita en Borges. Será verdad que los críticos buscan la(s) causa(s) del texto, esa(s) que apenas se vislumbran. ¿Qué o quién es la causa de este texto?
Qué pasa si me pregunto, por ejemplo, por la vida de Borges y yo. Y decido que mi reseña comience con un misterio: “En el baño había tres gotas de sangre, y él pensaba que había encontrado el amor; de hecho, recordaba haberse transformado en él cuando follaba con ella”. Los textos aparecen en mí, muy diferente a como le crecen a Felisberto Hernández, a quien no conocí en vida: para él son semillas y luego plantas. En mi caso crecen en mi cuerpo homúnculos que después serán palabras, me los arranco del cuerpo y los guardo en un frasco grande de mayonesa.
Vivo en la epifanía permanente. Escribo a costa de los demás, me trago la esencia de las cosas. Pero Borges, que sí era un genio, no como yo que sólo repito lo que tantos han dicho, aseguró que no se reconocía en sus textos. Sería necio decir que Borges y yo es una síntesis de sus obras; aunque, cuando repito el texto, de apenas una cuartilla, por las noches para encomendarme al dios romántico de la literatura, a ese que piensa en el fragmento como una continuidad esotérica. Y yo sé lector que te he querido engañar diciéndote que mi obra es salteada, acaso ya sabes quién soy.
Esta nota quería empezarla con el sol y el mar que guardé en un frasco grande de chiles, como en el que vivía Mariquita, la hermana muerta y convertida en cuento de Guadalupe Dueñas, pero tiene unos días que no encuentro el frasco, allí guardé a una mujer que amé durante unos días, de hecho pensé que sería la protagonista de esta reseña, pero no está ni siquiera el frasco.
De ese sueño sólo quedan dos cangrejos negros que ahora mismo toman el sol junto a mis perros en el ventanal de la sala. Borges vive en mí quizá de la misma manera que habitó su cuerpo, muy apenitas. Ya es de noche y me preparo para la oración borgiana: “Al otro, a Macedonio Fernández, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires…”.
