Devoremos la luna y las estrellas

Cuando la escuchaba sabía que era mía y que por la noche seríamos una entre sudores y salivas

Me enamoré de una mujer y eso en mi casa no está bien visto. Si mi hermana y mi madre se enteran me pondrán los apodos más terribles. Lo peor, seguro, sería para mi hijo, el pobre nació bien chiquitito; lo tuve con el primer hombre con quien me acosté. Él me dijo que me quería, me vio a los ojos, me invitó a comer unos tacos y un helado; al menos no me quiso arrinconar de a gratis. Y luego luego me enganché y me embaracé. Él se regresó con su exmujer.

Tengo 27 años. Ya estoy grande y trabajo como sirvienta en el sur de la ciudad; me hago una hora y media al trabajo, ahora un poco menos por lo del virus. Al padre de mi hijo ya le dio, lo vi con los labios morados y lo besé por todas partes y me contagié. Al niño no le pasó nada. Yo tuve fiebre y anduve mal del estómago.

Todos los días, al despertar, pongo la voz del ángel en mis audífonos del celular y dejo que me envuelva Laura Pergolizzi. Imagino que me saca de este lugar. Mi hermana no trabaja, hay que mantener a la cabrona. A mi madre le duele todo y tiene 45 años. Yo sueño con Laura montada en un caballo, como en las películas del Canal 2, las de blanco y negro, donde sí había hombres sensibles, borrachos, pero querían a la mujer. En el pesero, Laura se me acerca y me besa larga y profundamente. Nadie lo nota.

La señora donde trabajo es maestra, a veces platico con ella y un día le presenté a mi amor. Ella lo entendió de inmediato y, al día siguiente que fui, me tenía varias canciones de LP con su traducción al español. Me las aprendí. Eran cuentos de amor casi todas.

Entonces, yo vivía con Laura y la acompañaba a dar conciertos y me dedicaba canciones en auditorios de todo el mundo. Cuando la escuchaba sabía que era mía y que por la noche seríamos una entre sudores y salivas.

Por primera vez sentía que alguien amaba de la misma forma que yo. Me subía la temperatura viendo y volviendo a ver un videoclip de Laura en el que imagina una orgía con hombres que no son hombres y mujeres que son muchas cosas. La canción habla de Laura enamorada llena de visiones y deseos que la cuestionan. En ella, dice, es feliz drogada con su mujer; y yo me imaginé tomando una de esas drogas que luego se ven en las películas de acción. Laura estaba en el centro, sin senos, sin la obligación de amamantar a nadie, sin siquiera tener que ser como nosotras.

Laura me ordenó desvestirme, mientras cantaba aquella línea tan parecida a lo que yo pensaba del amor, aunque no la comprendía del todo: “Let’s wallow the moon and the stars / Let’s wallow just right where we are”.

Yo era parte de las mujeres de su deseo. Yo era la protagonista de esa última cena antes de que Laura se quedara sólo con una de nosotras. Todas me besaron suavemente; me inyectaron una droga y disfruté cada corte, como disfruté besar a mi hombre enfermo con el virus.

Mi cuerpo por fin era deseado, ya no era sólo ése que se arrastraba por el transporte público y la casa cochina de Ecatepec. Ahora ya no importaban los tenisitos de mi hijo que pagué en tres pagos de 150 pesos y que sus primos recortaron.

Ahora yo habitaría otros cuerpos, como en el documental que vi aquella vez que fui a la casa de una amiga de la primaria. Cuando la gente comía carne humana, su alma ya era parte de la otra alma.

Yo ya había decidido en qué parte del cuerpo de Laura quedarme. Viviría en su garganta, para sentir la caricia de su voz y el fluir de sus historias, sus enfermedades y sus miedos; y, en ocasiones, nos drogaríamos juntas.

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