Desaparición

Leda Rendón

Leda Rendón

Umbrales mínimos

Tiene meses que desaparecí y, curiosamente, nadie se dio cuenta. El hecho me sorprendió porque no es que yo fuera especialmente popular, pero supuse que, al menos, alguien se preguntaría por mí. Yo tenía la impresión de ser una persona amable, es decir, siempre saludaba a todos con los que me cruzaba y había alimentado algunas relaciones amistosas. 

No es que mis compañeros de trabajo me parecieran buenas personas, ni siquiera los consideraba inteligentes o dignos de mi amistad. La verdad es que me resultaban torpes y llenos de ideas contrarias a la lógica más elemental. Me parecían francamente feos y mal vestidos, y no hablemos de su aseo personal. Pero aun con la aversión que me causaban, yo consentía en platicar con alguno de ellos esporádicamente. Siempre elegía temas convencionales: el clima, algún evento de la Institución o hablaba de noticias graciosas.

Vivo solo y no tengo tampoco amigos íntimos. Me alejé del único que tenía, con quien nos íbamos los viernes a un restaurante del sur a beber y, en ocasiones, comíamos carne roja con papas, mientras hablábamos de música y de pintura. Poco a poco fuimos espaciando los encuentros hasta que ya no nos vimos más.

En alguna ocasión tuve también un par de novias, pero querían que pasara mucho tiempo en su casa, tiempo que yo tenía que dedicar a mis animales. Sí, tengo animales y también ellos me olvidaron. En el caso de los animales fue más extraño porque ellos vivían en mi departamento. Solía verlos asomados en el ventanal que da a un jardín muy grande. Les ponía agua en sus platos anaranjados; también les daba comida, y ellos siempre me devolvían su mirada triste. Yo procuraba darles también carne o huevo. Pero, irremediablemente, me devolvían esos ojos como de seres despojados. Una mañana los vi caminando en el jardín junto a otro dueño. Bajé para reclamarle a la persona por tener a mis animales, pero cuando me acerqué a ellos los vi felices y lo lógico fue, sin duda, alejarme.

Mi desaparición fue consistente, ahora que lo pienso, unos meses antes fui incapaz de dormir acostado, así que me acostumbré a hacerlo sentado o de pie, como un pájaro. En mi caso parecía un zanate negro, aún se podía distinguir que alguna vez fui un hombre guapo, pero, la verdad, ya no lo era. Las mujeres habían dejado de verme desde hacía años.

Debo aclarar que no morí, desaparecí. El día del acontecimiento me levanté inusualmente temprano y arreglé mi departamento. Pensé que la enfermedad por fin había pasado, porque dormí toda una noche de forma horizontal y sin dolor. Incluso soñé con una novia hermosa que tuve y fantaseé con llamarla porque sabía que estaba sola.

Lo primero que vi desaparecer ante mis ojos fueron mis manos y luego todo comenzó a borrarse ante mi cara de incredulidad en el espejo. En menos de diez minutos ya no tenía un cuerpo, pero podía ver y sentir lo que me rodeaba. Era aire, pero era aire pensante. Y como aire consciente seguí la misma rutina durante meses y, para mi sorpresa, nadie nunca preguntó por mí. Únicamente una muchacha muy joven de la oficina dijo, casi un año después de mi desaparición: “¿Cómo se llamaba aquel señor de la gabardina amarilla?”. “No, nunca ha habido nadie que use algo así aquí”, respondieron todos los presentes extrañados. “Claro, qué locura, ¿quién vendría vestido así?”, dijo la joven.