Bellas que duermen

Somos las putas de la muerte; de nuestro vientre sin semillas han nacido hijos que pueblan el mundo con su canto invisible. Hemos parido pájaros muertos y flores marchitas.

Vivíamos todas juntas. Despertábamos con el pelo revuelto y la piel pegajosa. Nos bañábamos en el mar, la sal purifica. Desayunábamos fruta y leche. Después, la chiquilla leía un poco y dormíamos. Tomábamos agua al compás de un gong cada hora. Teníamos que estar hermosas para el sueño.

Estamos en la habitación de terciopelo rojo, las agujas ya están listas. La mujer del quimono con pájaro elige a qué habitación pertenecemos, caminamos hasta allí sonámbulas. Ya en las camas, soñamos un campo verde infinito. Sentimos la humedad ajena al caminar por los arrozales. Hay un grito de nieve, un grito de árbol, cuerpos apilados sobre el hielo.

Al final de la noche, el desierto poblado de espinas y la arena nos ahoga. Abrimos los ojos y estamos en la cama solas.

Pobres bellas que duermen, no saben que su cuerpo es suyo y no tienen por qué dárselo a nadie. En el sueño van de una habitación a otra, de un cuerpo a otro. Quieren ser el deseo.

La casa es el vientre de la madre: promiscua y adicta. Las caricias de hombres que ya no son hombres son un bálsamo, el roce de soles ya marchitos, que recuerdan a través de nosotras. Los hombres necesitan el cuerpo femenino, si no son incapaces de comunicarse con ellos mismos.

Son pocos los que se acurrucan en el cuello o la axila de alguna de nosotras; tienden a dejarnos la carne mojada, llena de baba, a veces amarilla. Mi cuerpo ya no es mío, lo regalé al sueño, soy una puta falsa.

Siento los fluidos y sé que ya no puedo escapar. ¿Acaso mi cuerpo no era un despojo antes de parecerlo? ¿Soy más abyecta que los ancianos que nos visitan? ¿Por qué esa fascinación por la belleza y el vacío? Las mujeres de esta casa servimos para ser acariciadas.

Recuerdo la inmovilidad y el sueño, las manos de pieles arrugadas y suaves sobre mi cuerpo desnudo. Fuera de la casa sé que floto, los transeúntes se voltean a mi paso. Nos decidimos por la embriaguez, cada una por diferente razón, y ahora vivimos en la ciudad del risco.

Las niñas se hincan a nuestro paso, quieren ser como nosotras. Somos las putas de la muerte; de nuestro vientre sin semillas han nacido hijos que pueblan el mundo con su canto invisible. Hemos parido pájaros muertos y flores marchitas.

También podemos dar a luz piedras: el oro nos sale del sexo como huevos gigantes. Nos extraen jade de las orejas. Todos nos temen y desean; pero nosotras estamos vacías, necesitamos ser llenadas, completadas.

Pobres bellas que duermen, no saben que su cuerpo es suyo y no tienen por qué dárselo a nadie. En el sueño van de una habitación a otra, de un cuerpo a otro. Fueron el deseo.

Una muere y aullamos a coro. Los ancianos escapan del lugar, pero nos siguen pensando. Nos tuvieron en custodia. Ya no escuchábamos a la chiquilla contarnos cuentos, ya no sentíamos caricias arrugadas. La libertad es francamente muy extraña.

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