Amparo Dávila y lo ominoso en El huésped II

Regresé a mi habitación haciendo el menor ruido posible... le rogué a Dios que me sacara de ahí.Le comenté a mi marido en varias ocasiones lo mal que me hacía sentir la presencia de Esperanza, pero él insistía en que necesitábamos mano firme; argumentaba que la ...

  • Regresé a mi habitación haciendo el menor ruido posible... le rogué a Dios que me sacara de ahí.

Le comenté a mi marido en varias ocasiones lo mal que me hacía sentir la presencia de Esperanza, pero él insistía en que necesitábamos mano firme; argumentaba que la mujer lo había educado a él y que los resultados eran evidentes.

Yo volví a quedar embarazada y estuve en cama también desde el primer momento. Los dolores eran insoportables. Deseaba haber nacido hombre. Eloísa se encargaba de todo lo mío. Yo nunca pude estar en pie.

Tuve a dos niñas que tenían los ojos iguales a los de Esperanza. Cuando las amamantaba, abrazadas entre mis axilas, sentía cómo si me viera la nana de mi marido y llegué a soltarlas angustiada y aterrorizada en muchas ocasiones.

Mi marido ordenó que Esperanza se encargara por completo de mis hijos. Una mañana, por fin, comencé a arrastrarme de nuevo por la casa; me acerqué al cuarto de Esperanza y vi, por la puerta entreabierta, cómo tenía a las dos niñas abrazadas bajo las axilas y les daba de comer de sus pechos arrugados, al tiempo que con las uñas les hacía heridas que sangraban.

Regresé a mi habitación haciendo el menor ruido posible. Me encerré y le rogué a Dios que me sacara de ahí. Medité mucho tiempo antes de decirle a mi marido lo que había visto, pero lo hice. “Hay dos personas que te ayudan, prácticamente tienes todo el tiempo para ti, mujer”, gritó.

Las niñas eran cada vez más parecidas a Esperanza; ya no sólo de los ojos, ahora también tenían la misma boca y nariz. Juraría que eran ya exactamente igual a ella. Sentía un terrible escalofrío cuando estaban cerca de mí y les prohibí que me dijeran mamá. Así que estaban siempre detrás de Esperanza. Comenzaron, como ella, a adquirir hábitos nocturnos y ya hacían ese extraño cloqueo. Me las encontraba abrazando a sus muñecas de ojos negros en los rincones; o simplemente aparecían y yo gritaba enloquecida. Ya tampoco quería a los niños, que tenían un color grisáceo.

Mi marido regresa hoy de un viaje largo y, como ya he dicho, llevamos semanas arreglando la casona. Recorrí la propiedad por la mañana. Acaricié las cartas en las que mi marido me contaba cómo eran los lugares por los que había estado y todas las cosas que nos había comprado. Yo le decía en cada carta de regreso que estaba mejor, que sólo tenía algunos terrores nocturnos y que me comprara vestidos más pequeños porque había adelgazado.

Por primera vez en años me dio gusto verlo atravesar la puerta, lleno de paquetes, con una nueva luz en su cara. “Ver otras cosas le hizo bien, cuánto me gustaría hacer algún viaje con él y que los niños se quedaran con Eloísa”, pienso.

Y los niños corren y lo escalan. Yo sonrió y veo a Esperanza abrazar a mi marido y darle un beso en la boca. Ella me parece mucho más joven, más alta y esbelta. Y los veo a todos desenvolver los paquetes. Y, por fin, recuerdo lo que pasó cuando llegué a esta casa y la larga noche de meses antes de cada parto; y, sin querer, dejo escapar un cloqueo cuando la niña se me acerca.

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