Amparo Dávila y lo ominoso en El huésped I
Nacieron dos hombrecitos muy bellos, con la mirada perdida, la piel blanca y el cuerpo escurrido.
Hemos estado semanas arreglando la casona. Se han puesto las cosas en su lugar. He vigilado que se limpie cada rincón; y, lo más importante, lo he hecho comiendo poco. Mi marido me dijo que estoy entrada en carnes y yo quiero estar bien de nuevo.
Estuve varios años tratando de agradarlo y lo conquisté. Nos casamos. Después de la luna de miel quedé embarazada y, curiosamente, pude hasta ese momento abrir los regalos de boda: únicamente había, en las cajas de varios tamaños, muñecas de ojos negros. Yo abría las cajas y sentía a mi bebé, pequeño Sol, creciendo en mi vientre bajo; lo sentía expandirse.
Pronto comencé a no poder levantarme de la cama. Yo suponía que estaría mejor; pero sentía asco de mi propio olor y pasaba de detestar los alimentos a querer comer incontrolablemente. Dormía apenas un par de horas al día. Me despertaba sudando y pronto llegó el terror. El bebé me iba creciendo en el vientre y yo esperaba cada mañana que fuera de noche. Mi madre había tenido 12 hijos. Algo parecido sucedió con mis tías. Todas decían que lo que me pasaba era normal y lo acepté.
Nacieron dos hombrecitos muy bellos, con la mirada perdida, la piel blanca y el cuerpo escurrido. El día que los parí sentí una fiesta en el alma. Me regresó la vida, detestaba las patadas en los órganos, sentir náuseas todo el día; me odiaba a mí y a los otros. Me perdí durante meses en pesadillas, mientras el cuerpo se me reblandecía. Recuerdo una en particular, en la que estaba encerrada y escuchaba los quejidos de mis niños.
Me daba terror quedar embarazada de nuevo. Así que amamanté mucho tiempo. Me escondía siempre en un cuarto diferente para hacerlo, tenía la sensación de que me espiaban. Así pasaron los primeros años de matrimonio, en los que dedicaba todo mi tiempo a cuidar a los niños y a arreglar el jardín, que tenía hermosas suculentas y plantas desérticas.
Después de un viaje, mi marido trajo a la casa a una pequeña mujer que dirigiría las labores del hogar. Me dio un infinito espanto verla allí como sin vida, con la mirada negra. Yo estaba aterrada por la posibilidad de estar de nuevo embarazada y le rogué que se la llevara, que no entendía por qué iba a mandar en mi casa; pero él no me escuchó. “Seremos novios de nuevo”, dijo.
La mujer se llamaba Esperanza, nombre que estaba del todo alejado de lo que ella era. Tengo la impresión de que no dormía. Estaba siempre vigilante y, en más de una ocasión, me la encontré deambulando por los pasillos de la casona. Bastaba con que mirara a mis hijos para que ellos, de forma inmediata, hicieran lo que la mujer quería.
Nos pasó lo mismo a Eloísa y a mí. Esperanza cerraba las puertas a las ocho de la noche. Yo escuchaba cómo se deslizaba por los pasillos. En cualquier momento en el que me despertaba y producía un cloqueo con su boca.
