Aceite de perro, de Ambrose Bierce
El aceite de grasa humana era el ingrediente secreto de casi todos los cosméticos, los ungüentos; la comida adquiría un sabor inigualable, entre otras muchas maravillas.
La crisis energética ha obligado a hacer cambios radicales en los negocios de muchas familias; aunque yo, en una situación privilegiada, destruí a la mía.
Nos dedicábamos a la educación; incluso mi hermano, el más joven, había ingresado recientemente como académico. Y las autoridades pidieron ajustes que apoyaran el modelo económico, y a alguien le correspondía limpiar a la sociedad del desgaste de energía.
Entonces, decidimos trabajar de forma paralela y coordinada con las autoridades centrales. ¿Por qué nosotros? Teníamos experiencia. Sabíamos aprovechar la energía de los jóvenes para sacar el mayor provecho.
Utilizábamos todo lo que cada cuerpo adolescente nos podía brindar. Los portadores de energía se dirigían a granjas en las que trabajaban y hacían una vida en grupos grandes.
Se mezclaban hombres y mujeres y era común verlos retozando por los pasillos y en los jardines en pequeños grupos. Los jóvenes reaccionaban de maravilla a las jornadas ordenadas y exigentes físicamente. Tenían una animalidad que me llegó a marear. A la granja llegaban las bestias, las fallas y había que darles una vida digna un tiempo, para no agotar recursos.
El servicio que brindábamos a la sociedad era como el de un médico; pero nos despreciaban, no éramos incluidos en las fiestas de fin de año de la institución y tampoco nos daban ningún reconocimiento público. Una persona iba hasta la granja para que firmáramos la nómina. Nos insultaban y evitaban.
Yo sentía orgullo por nuestro trabajo y escribí un libro en el que describía todo el procedimiento para la restitución de energía de los estudiantes elegidos.
Quisiera aclarar que mi familia siempre fue creyente. De la pared detrás de mi cama colgaba un enorme crucifijo y en el jardín teníamos un nicho para la virgen. Aún me culpo por acabar con el negocio familiar, que tantas alegrías había traído a nuestras vidas.
Mi formación pragmática me había impedido ver a los condenados a muerte prematura, salvo en los términos de la propia institución. Hasta que un día, una joven enfermó gravemente y me di cuenta que su energía en estado vegetativo era mayor que la de su cuerpo como alimento y para diferentes usos en la industria cosmética y, por supuesto, médica.
Si la engorda era sistemática podríamos obtener grandes cantidades de grasa del mismo individuo por tres o hasta cuatro ocasiones.
No habría gasto en cuanto al recreo de los estudiantes, ya defectuosos. Y la carne estaría mejor, porque la encontraríamos relajada, serán bellos cerdos dormidos. Los huesos no se desgastarán del todo y los órganos servirán para hacer trasplantes, porque estaríamos hablando de cuerpos que no sobrepasarán los 25 años.
Tuve que comunicar mis conjeturas al Consejo de Asuntos Energéticos de la institución. No podía hacer otra cosa, me procesarían de quedarme callado.
El costo de mantenimiento de los residuos bajaba considerablemente, y los notables estipularon el cambio de procedimiento para la reincorporación de la energía del individuo al sistema.
El aceite de grasa humana era el ingrediente secreto de casi todos los cosméticos, los ungüentos; la comida adquiría un sabor inigualable, entre otras muchas maravillas.
Pero en la etiqueta decía: “Aceite de perro”. Tenían que incorporar con discreción el alma de los sacrificados. Por desgracia, mi familia y yo salimos huyendo, perseguidos como criminales.
