Por décadas, la migración ha sido parte de la realidad de México, tanto como país expulsor como receptor. Cómo olvidar aquel Programa Bracero, durante la Segunda Guerra Mundial, o como refugio de españoles, judíos, sudamericanos y un sinfín de personas que también visualizaron a nuestro país como un lugar para ser libres y alcanzar sus sueños.
Estimaciones de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) revelan que en 2020 había en el mundo más de 281 millones de migrantes internacionales, es decir, 3.6% de la población mundial.
Contrario a lo que pensamos, no es América del Norte (Estados Unidos y, en menor medida, Canadá) la mayor receptora de migrantes, el primer sitio lo ocupan Europa y Asia, que acogen a seis de cada diez migrantes internacionales.
Pero, ¿por qué la migración es un negocio? Seamos claros, desde las remesas que envían a sus lugares de origen, la mano de obra barata en los países de acogida, así como las grandes ganancias que representa el tráfico de personas, es un tema bastante controversial, pero, sobre todo, ríspido.
Tan sólo en 2020, las remesas que ingresaron a México sumaron 40,607 millones de dólares, 11.4% más que en 2019. ¿Acaso algún gobierno en su sano juicio impediría tan jugoso negocio que supera el presupuesto de tres de sus secretarías más importantes?
O en países como El Salvador, donde este ingreso representó 23% de su Producto Interno Bruto, de acuerdo a datos de esa nación, sin contar las remesas a decenas de países alrededor del mundo que expulsan migrantes.
Aunque el beneficio no sólo es para países expulsores de migrantes irregulares como el nuestro, también lo es para los receptores, por ejemplo: pagan impuestos en todos los servicios y productos que consumen, pero no reciben ningún beneficio social a cambio.
Sin embargo, no sólo los gobiernos se benefician con este fenómeno, su campo de acción e influencia es tan alto, que, lamentablemente, el crimen organizado también recibe su tajada. La trata de personas es en México el tercer negocio ilegal más lucrativo, sólo después del tráfico de drogas y armas.
Un coyote o pollero puede ganar por cruzar sólo a una persona a Estados Unidos de 15 a 20 mil dólares, a lo que se debe descontar los sobornos que se dan a autoridades mexicanas o estadunidenses, que oscilan entre los 500 y dos mil dólares o más.
Con todo eso, ¿no le queda duda del negocio redondo que representa la migración?
Para reducir las cifras de la migración irregular y sus riesgos, no sólo se necesita de voluntad política o ganas de hacer las cosas bien; se requiere que los países expulsores brinden la certidumbre a sus ciudadanos de que quedarse es una opción viable con oportunidades de desarrollo y seguridad.
Mientras sigan existiendo brechas salariales tan profundas, la migración no cesará. México es el ejemplo más claro de esta disparidad: en nuestro país, el salario promedio diario es de 141.70 pesos por día, prácticamente el sueldo mínimo de un trabajador en Estados Unidos, pero por hora.
