Un autoritario de manual
Con todo lo que hace, Trump busca concentrar el poder, desdibujar los límites y acabar con la oposición.
En una ciudad donde uno de cada tres habitantes nació fuera de Estados Unidos, no se debería vivir con miedo al gobierno federal. En el estado de California, hogar de más de diez millones de personas migrantes, Donald Trump decidió recurrir al despliegue militar para hacer sentir su fuerza y su rechazo a lo que él y sus súbditos llaman “invasión”.
Los Ángeles es la segunda ciudad más grande del país, la segunda ciudad con más mexicanos en el mundo y un mosaico cultural donde convergen migrantes de México, Filipinas, China, India y Vietnam. En esa ciudad, la mitad de los niños tiene, al menos, un padre extranjero. Mientras que esa diversidad para Trump representa una amenaza, para el estado es parte del milagro californiano y columna vertebral de su éxito económico.
No es gratuito que el espectáculo autoritario del presidente haya comenzado en Los Ángeles, una ciudad que se declaró santuario y que no se subordina frente a sus amenazas. Como no lo ha hecho Harvard o como no lo hizo Musk.
Los hechos recientes y la invasión trumpiana a Los Ángeles rompen con los fundamentos del federalismo estadunidense y son una clara muestra de cómo el presidente utiliza las instituciones para demostrar su supuesta fuerza.
Comienza la carrera al 2029
Gavin Newsom, gobernador de California, alzó la voz frente al atropello. Señaló al presidente de violar la Constitución y presentó una demanda formal. Obviamente, evidenció la fractura constitucional en Estados Unidos. La posición de Newsom va más allá de la defensa legal de su jurisdicción; lo proyecta como una figura nacional capaz de volver a aglutinar a los demócratas con un fuerte liderazgo (cosa que estaba perdida).
El fiscal general del estado, Rob Bonta, respaldó esa posición y agregó que el presidente vulnera los principios fundamentales de la república sin ninguna exageración. Una y otra vez hemos denunciado que la administración de Donald Trump busca debilitar el marco legal con decisiones unilaterales y agresivas; también rayan en lo anticonstitucional muchas de sus decisiones que no son atribuciones del poder Ejecutivo.
El modelo de Trump es claro. Utiliza la figura presidencial para castigar a universidades, intimidar o eliminar medios de comunicación, sancionar empresas, acabar con la ayuda humanitaria y desprestigiar a sus críticos. En todos los casos busca erigirse como la figura de mando único. La amenaza de retirar fondos federales a California responde a su deseo de someter a todos los que no están de acuerdo con su visión. Si esto le hace a uno de los estados más poderosos de su nación, ¿qué podrían esperar otros países?
Ya lo advirtió Bernie Sanders, este presidente no respeta la Constitución, no reconoce la separación de poderes y actúa por encima de la ley. En todo lo que hace, busca el mismo fin: concentrar el poder, desdibujar los límites y acabar con la oposición.
El autoritarismo comienza con decretos, con decisiones que salen de la legalidad con la excusa del orden. Es así como se escribe el manual del autoritario: amplifica una crisis, se inventa una amenaza y se despliega la fuerza.
Hoy, Trump ensaya hasta dónde puede llegar. Si en este momento no hay resistencia firme, irá mucho más lejos.
