TACO y el ego presidencial
La necesidad de dominar la narrativa puede empujar a Donald Trump a adoptar posturas extremas.
Analizar con rigor las decisiones de política comercial de Donald Trump es una tarea compleja, no tanto por los asuntos técnicos, sino por un factor que escapa a todo marco racional: su desmedido ego. No se trata de una vanidad cualquiera, sino de una que parece alimentarse de portadas ruidosas y frases grandilocuentes aplaudidas por millones de lamesuelas. En este contexto, no sorprende que Robert Armstrong, columnista del Financial Times, haya dado en el clavo al acuñar el genial acrónimo TACO: Trump Always Chickens Out —en español, Trump siempre se acobarda—, que se ha convertido en una delicia para sus críticos en todas partes del mundo.
Y es que, paradójicamente, esa denominación tan provocadora logró descolocar a Trump para diversión de muchos. Nada lo irrita más que se ponga en duda su autoridad o que se evidencie su patrón de lanzar amenazas comerciales rimbombantes para, luego, recular sin mayor explicación. Basta buscar con detenimiento el momento en que un valiente periodista de CNN le pregunta directamente por el apodo TACO para ver cómo su rostro se muestra rígido y su discurso, defensivo.
Trump, visiblemente molesto, negó conocer el término y replicó: “¿Yo, que me echo para atrás? Nunca escuché eso”. Su respuesta estuvo acompañada de una descalificación a la pregunta, describiéndola como “asquerosa”. Una reacción deliciosa para la audiencia.
Más adelante, intentó justificar su estilo de comunicación diciendo: “Eso se llama negociar”. Ajá.
Trump, entre amenazas, retrocesos y una obsesión con el protagonismo
Este comportamiento errático, basado en amenazas iniciales seguidas de repliegues estratégicos, fue descifrado rápidamente por los mercados. En Wall Street, la incertidumbre ya no gira en torno a si el presidente dará marcha atrás, sino a cuándo y cómo lo hará.
Los inversionistas más astutos aprendieron que seguir sus anuncios es una fuente insospechada de ganancias, siempre que se tenga el temple para anticipar sus próximos pasos.
El riesgo de esta dinámica está en el trasfondo psicológico que la alimenta. La necesidad constante de validación pública y dominar la narrativa puede empujar a Trump a adoptar posturas más extremas en un intento desesperado por reafirmar su cuestionable liderazgo y recuperar el foco mediático.
Un ejemplo reciente lo vimos con su trato con la Unión Europea. Primero anuncia un arancel de 50%, luego la medida se “pausa” para dar paso al diálogo. Pero, en realidad, esa pausa responde más a intervenciones internas (de figuras con más juicio que protagonismo) que le advierten sobre los costos de escalar ese conflicto.
Mientras tanto, algunas de sus antiguas alianzas comienzan a fracturarse. Elon Musk, su mano derecha, no dudó en criticar públicamente el rumbo económico del gobierno. Su pronunciamiento fue tajante: “Este proyecto de ley del Congreso es inmenso, grotesco y lleno de gastos innecesarios. Es una abominación. Qué vergüenza para quienes lo aprobaron porque saben que está mal”.
El mayor dilema no es que Trump retroceda una y otra vez, sino que su visión de gobernanza dependa del espectáculo y la atención pública.
Cuando todo se resuelve con una puesta en escena y la retirada silenciosa, lo que se erosiona no es la consistencia de la política comercial, sino la credibilidad presidencial. Y ésa, a diferencia de los aranceles, no se repara con un tuit ni se negocia en una rueda de prensa. Desprestigio y declive, le llaman.
