De nueva cuenta y como en las últimas semanas, estamos atrapados en una negociación interminable que nos mantiene tan cerca de un acuerdo histórico o de una guerra mucho más compleja. Estamos en la era de la confusión permanente y nos hemos acostumbrado a ello. Oscilamos entre reportes de avances diplomáticos y nuevos bombardeos, amenazas y bloqueos marítimos. Todo al mismo tiempo. Los que deberían ser escenarios opuestos coexisten como una sola estrategia política.
Ese es el sello personal de la administración Trump, vivir al límite y mantener al espectador en el limbo y el agotamiento. Negocia mientras amenazas y viceversa. Menciona acuerdos históricos mientras lanzas “ataques preventivos” y domina la conversación global en cada minuto de cada día. Es difícil recordar si desde el principio de su gobierno un solo día no ha sido el titular de los periódicos mundiales. Controla como nadie la atención del orbe.
Negociar bajo fuego parecía una contradicción, pero, en este caso, es deliberado. Ya no se habla de política tradicional, en estos momentos es crucial la narrativa, el impacto emocional y la percepción. El cambio de posturas en cuestión de horas, pasar de la amenaza a la negociación paraliza a los adversarios, pero también a los mercados y a la ciudadanía global.
¿OBSESIÓN?
Detrás de lo que parecería un espectáculo con un público agotado, existe un deseo evidente: un acuerdo histórico. Un legado, la obsesión de ser el líder que reconfiguró Oriente Medio y, por ello, la insistencia de incluir los Acuerdos de Abraham y vincularlos a cualquier acuerdo con Irán.
Como ocurrió con el desgastado discurso del Nobel de la Paz, en acabar con ocho guerras (seguimos sin saber cuáles) y “salvar” millones de vidas; ahora está convencido de la idea del rediseño de Oriente Medio que resulta por demás inverosímil. Imagina que, de pasar de la confrontación directa con Teherán, logrará que Arabia Saudita, Pakistán, Egipto, Qatar y hasta Irán terminen integrados con Israel como un gran pacto regional.
El problema para Trump es que el mundo ya no funciona como el siglo XX. Si bien Estados Unidos sigue siendo la superpotencia, ya no es el único que decide en el tablero. China, Rusia, Turquía y hasta los países del Golfo cuentan con más autonomía y margen de acción.
Hay que destacar que el presidente estadunidense llega a este momento del conflicto con una imagen pública y popularidad desgastadas. Sus cifras de aprobación están en mínimos históricos, mientras que la inflación y el precio del petróleo cobran la factura al electorado.
Parece que los ciudadanos podemos soportar la incertidumbre y la violencia constante, pero no las consecuencias económicas de ello. La gasolina impagable, la inflación y la incertidumbre de la vida cotidiana exigen que Donald Trump llegué a un acuerdo de pacificación en Oriente Medio pronto para poder revertir esta tendencia a la baja de cara a las elecciones intermedias de noviembre próximo.
La gran pregunta es: ¿cuánto tiempo puede sostenerse una estrategia basada en el agotamiento colectivo y el caos?
