Réquiem
Cuando alguien muere de manera violenta, se corta la vida de un hijo, padre, hermano...
En pocos momentos en la historia de la humanidad la muerte, el dolor y la violencia se habían trivializado de una manera tan repugnante como la que estamos viviendo en estos tiempos y que deberían ser una vergüenza para la humanidad.
La humanidad está muy lejos de preceptos como los que se atribuyen a Sun Tzu, quien en el siglo quinto antes de Cristo dijo que al enemigo se le debe enterrar con honores a los de su rango. Han desaparecido los tiempos en los cuales la guerra se enfrentaba con respeto a la vida de las personas, ahora algunos ven la guerra y la violencia como un juego chistoso.
Es tan aberrante ver a miembros de Hamás escupiendo e insultando a personas que ellos mismos y sus seguidores asesinaron como ver a jovencitas púberes del ejército de Israel haciendo bailes en redes sociales como influencers de la desvergüenza y la insensibilidad.
Lo que hacen las jóvenes reclutas busca generar simpatías en aquellos que tienen un cerebro tan afectado para no entender que se están preparando para asesinar a otros seres humanos, pero como lo hacen con bailes siguiendo ritmos de moda creen que desaparece el horror.
En el otro lado están los hipsters que, en torno a la Flotilla para la Libertad de Gaza, han convertido a la tragedia humana que se está viviendo en esa zona del mundo en una especie de rave buena ondita.
Greta Thunberg encabeza una expedición que, según parece, no busca llegar a llevar ayuda humanitaria, sino cantar odas a la mentira de que son atacados por drones y que los resisten con cánticos propios de niños pequeños.
Indigna que haya quienes se atrevan a decir que Charlie Kirk merecía ser asesinado por defender públicamente su verdad. Lo responsabilizan por las reacciones que causaba en otras personas, sin entender que se cortó violentamente la vida a un ser humano que tenía afectos profundos.
Algo como lo que dijo imprudentemente el expresidente Andrés Manuel López Obrador tras el atentado en contra de Ciro Gómez Leyva cuando llegó a deslizar que el periodista había atentado en contra de su propia vida.
El rencor político desnudó totalmente a un hombre como un político egoísta que fue incapaz de sentir cualquier tipo de simpatía no sólo por el periodista, sino por los millones de mexicanos que murieron durante su sexenio, el más violento de la historia.
Dejó correr entre sus leales el argumento banal e irracional que usan no pocos funcionarios y afines a ciertos gobiernos quienes dicen que algunas personas merecían morir por las ocupaciones que tenían en vida.
Cuando una persona muere de manera violenta es un asunto grave. Se corta la vida de un hijo, padre, hermano, pariente, amigo. Alguien, con justificaciones absurdas como la diferencia de opiniones, convierte en reyes quienes determinan quienes deben vivir y morir.
Me resisto a creer que realmente haya quienes creen que tienen derecho a infligir dolor y muerte a otros porque no son de su raza, religión o creencia política; me indigna pensar que hay quienes creen en una absurda ley del Talión que justifica cualquier tipo de vejación en contra de otro ser humano.
Quienes creen que se justifica el ojo por ojo no saben que, de aplicarse, todos terminaremos ciegos.
Sin embargo, me indigna que haya quienes no sólo lo justifican sino que convierten esas atrocidades en una suerte de trending topic para ocultar la aberración de lo que causan con sus acciones.
Hoy quiero hacer un réquiem por aquellas personas que son las víctimas ignoradas de la violencia por cualquier forma de creencia; de seres humanos que son arrancados de este plano por cualquier pretexto.
Quiero hacer un llamado a Dios, en cualquiera de sus representaciones para que muestre su rosto a quienes hoy ejercen la violencia y les haga entender que el dolor que hoy causan regresará a ellos y sus seres queridos como un boomerang.
