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En Alaska, la América rusa vendida por la Rusia zarista en el siglo XIX a Estados Unidos se jugó el equilibrio de poderes del siglo XIX. Una cumbre que no alcanzó un alto al fuego, ni una hoja de ruta, ni algún compromiso importante, pero que definitivamente legitimó a ...

En Alaska, la América rusa —vendida por la Rusia zarista en el siglo XIX a Estados Unidos— se jugó el equilibrio de poderes del siglo XIX. Una cumbre que no alcanzó un alto al fuego, ni una hoja de ruta, ni algún compromiso importante, pero que definitivamente legitimó a Vladimir Putin y demostró que el esfuerzo de Occidente por aislar Rusia fracasó. El triunfo simbólico de Vladimir Putin fue la noticia y subestimarlo sería un grave error.

La simple imagen de Donald Trump aplaudiendo por el arribo de su homólogo ruso y estrechando su mano tira por la borda la narrativa occidental sobre el cerco del poderío ruso. Trump llegó a Alaska con la fantasía de que podría arrancar un alto al fuego a Putin y se tuvo que ir sin obtener nada, a pesar de la inolvidable escenografía de bienvenida: alfombra roja y trato de invitado de honor.

En esta reunión, el único que capitalizó un triunfo fue el Kremlin: se lució con el presidente de la mayor potencia mundial, no concedió nada a Ucrania, se sacudió a cualquier intermediario europeo y se legitimó. Peor aún, sermoneó acerca de cómo los europeos no deben “estorbar” en ningún tipo de negociación futura. Mientras tanto, Trump, una vez más, incumple su promesa de frenar la guerra.

Aunque la Unión Europea y Ucrania pueden sentir alivio momentáneo de que Donald Trump no dio ninguna concesión territorial unilateral a Rusia, el mensaje fue brutal: las negociaciones no pasan por Bruselas y se discuten en términos bilaterales entre las dos potencias.

Manos vacías

Por más que la conferencia de prensa posterior haya destacado que la reunión fue “extremadamente productiva”, Trump tuvo que reconocer de manera esquiva y ambigua que no logró ningún acuerdo y, de nueva cuenta, faltó a su palabra de sancionar a Rusia si seguían con los ataques a Kiev. La más grande ironía fue que ayer, sábado, Moscú volvió a atacar a Ucrania con absoluta libertad con 85 drones y un misil.

¿Cómo lidiará Donald Trump con el fracaso de no lograr ser el líder pacificador y que no consigue terminar con la guerra? Esa necesidad enfermiza de halago y notoriedad es la principal vulnerabilidad del presidente estadunidense. El peligro es que Putin lo sabe: puede hacer pequeñas concesiones y explotar el ansia de Trump de una victoria rápida. Al tiempo.

El riesgo de que Estados Unidos reconozca un acuerdo territorial con Rusia es una posibilidad que sigue existiendo sobre la mesa, aunque por el momento no haya negociaciones; Rusia fue claro, para terminar la guerra tienen que resolverse las causas fundamentales, léase la exigencia de quedarse con Donetsk, Lugansk, Zaporiyia y Jersón.

En conclusión, esta primera partida la gana Moscú con legitimidad y resistencia sin ceder un ápice de su posición; Estados Unidos carga con un presidente con frases grandilocuentes y una fotografía para la historia y Europa queda cada día más desdibujada del tablero internacional.

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