El péndulo

Kimberly Armengol

Kimberly Armengol

Rompe cabezas

Este mes comienza justo como arrancó el año, con factores de desestabilización en varios frentes.

Iniciemos con América Latina. Costa Rica se une a la ola de países que mueven el péndulo a la derecha con el triunfo de Laura Fernández. La candidata derechista se impuso en la primera vuelta con 48.3% de los votos, superando a Álvaro Ramos, del Partido Liberación Nacional. ¿Cómo lo logró? Con la misma fórmula que vienen derrocando a los gobiernos progresistas de Bolivia, Chile, Honduras, Ecuador, Argentina en los últimos tiempos: capitalizar las preocupaciones por la inseguridad y el crimen organizado, prometiendo mano dura, a la usanza de Bukele.

Costa Rica, históricamente, es un país centrista que ahora se inclina al conservadurismo frente al aumento de la violencia. Señal inequívoca para Colombia y Haití, donde se avecinan avances similares para 2026. Otro factor que incide en que el péndulo oscile a la derecha es la insatisfacción de las promesas incumplidas de las izquierdas, su incapacidad de traducir en prosperidad los buenos deseos y la influencia trumpiana que genera alianzas (o imposiciones) para combatir el narcotráfico y la migración irregular. Por supuesto que este alineamiento a la derecha con Trump erosiona soberanías en temas tan delicados como China, Venezuela o Cuba, y dicta con quién se puede y se debe negociar. Decidir el cómo, cuándo, dónde y con quién comercializar es la moneda de cambio de la venia de Donald Trump.

El giro ideológico que se está viviendo no es homogéneo ni permanente. Cuando las derechas fracasan en cumplir con sus promesas de seguridad y estabilidad, el electorado vuelve a desplazarse hacia la izquierda, reactivando el péndulo político que parece no tener fin y en la parálisis de consolidar un proyecto de nación a largo plazo.

 

Mientras tanto, la escalada

Acorde con la técnica trumpiana de tener varios frentes abiertos está el caso de Irán. Las últimas semanas son el ejemplo claro de un profundo desgaste entre escalar la retórica belicista y la posibilidad de un diálogo. Cada hora, la información se vuelve más confusa y cambiante en la era de incertidumbre global. El telón de fondo coexiste entre la confrontación y la supervivencia con un Donald Trump impredecible que igualmente puede salir a declarar que logró la mejor negociación de “todos los tiempos” con Irán o anunciar que acaba de atacar. Así las cosas. Parece que la historia se llama: ganar tiempo y confundir.

La realidad de Asia Occidental es que el conflicto puede escalar a un conflicto regional con costos humanitarios incalculables, millones de desplazados y detonar un nuevo polvorín en una zona ya devastada por conflictos. Mientras tanto, y para sorpresa de nadie, la ONU calla y Europa titubea entre coquetear con Trump o mantener sus principios.

 

Y, en casa, ¿todo bien?

Mientras el mundo se hunde en el caos, la situación de la administración Trump al interior del país es lamentable. Las protestas en contra de las políticas migratorias y el actuar del ICE proliferan, las cifras de popularidad de Trump caen estrepitosamente, pierden bastiones históricamente republicanos en Texas o la alcaldía en Miami, la inflación no da tregua y el continuo escándalo de los expedientes de Epstein. Parece que ya no le alcanzan los discursos grandilocuentes para convencer al electorado de que es el guardián del renacer.

El péndulo seguirá moviéndose mientras sólo se gestione el miedo sin propuestas que se traduzcan en realidades y prosperidad. Nos acercamos a un escenario de democracias frágiles atrapados en ciclos de promesas rápidas y decepción constante. Para cambiar el rumbo, urge salir de la lógica del castigo electoral y apostar por proyectos de largo plazo que otorguen seguridad sin autoritarismo ni erosionar los derechos humanos, bienestar sin desigualdad estructural y soberanía sin intervenciones externas. Mientras que los ciudadanos no exijamos algo más que consignas sin hechos, el péndulo seguirá oscilando y los países debilitándose.