Ormuz en las urnas

Kimberly Armengol

Kimberly Armengol

Rompe-cabezas

Ni Donald Trump ni la República Islámica de Irán estarán en la boleta electoral de las elecciones de medio término el próximo 3 de noviembre; pero esta elección se trata de ellos.  

A menos de un mes de las elecciones, los demócratas aventajan a los republicanos por holgados siete puntos, 44 contra 37, de acuerdo con Reuters/Ipsos. Para Emerson, la distancia es mayor: 53 contra 42. CBS los coloca a nueve puntos; RealClearPolitics pone la ventaja demócrata en ocho puntos. Una tendencia clara.

Sería un error leer estos números como una remontada demócrata. No lo es y menos sin proyecto político. El partido recibe un voto que no ha construido ni conquistado ni entusiasmado. Simplemente está capitalizando el desgaste de Donald Trump. Es un voto de castigo y ahí está la trampa: conviene que entiendan que el electorado no está votando por ellos.

El presidente Trump y la guerra contra Irán les hicieron el trabajo al Partido Demócrata. La aprobación presidencial cayó a 32%, el nivel más bajo de toda su carrera política, de acuerdo con Reuters/Ipsos. Entre los independientes, 37% votaría por los demócratas y sólo 21% por los republicanos. Uno de los grupos más decisivos para el regreso de Trump lo está castigando: los hispanos. Su voto está 52 a 26 a favor de los demócratas.

Lugares donde era impensable el avance demócrata hoy comienzan a sorprender, como Texas. Está tan complicada la contienda en ese estado, que hoy el presidente Donald Trump lo visita por tercera ocasión en menos de un mes en una carrera frenética para adherir adeptos.

FALTA DE LIDERAZGOS

Lo extraordinario es que los demócratas avanzan sin haber resuelto casi ninguno de sus problemas estructurales. No tienen un liderazgo nacional indiscutible, siguen recurriendo a figuras del pasado como Joe Biden, Kamala Harris o incluso Barack Obama, y buena parte de su discurso se alimenta de recordar viejas glorias y atacar a la actual administración. Las caras nuevas o las ideas frescas escasean.

Los demócratas no están conquistando a los electores de una nueva generación con figuras disruptivas, simplemente Trump está perdiendo la confianza de los votantes.

Ése es el triunfo de Irán en esta guerra sinsentido. Esta guerra no se disputó en el ámbito militar, aunque haya comenzado de esa forma. Se midió en barriles de petróleo, precios de combustible y dominio de la narrativa. Mientras el presidente insiste en que van ganando de una forma “grandiosa” la guerra, la factura se paga en el supermercado y en la gasolinería. Los estadunidenses no llegan a fin de mes y tocan récords históricos de endeudamiento.

Irán entendió de forma magistral que no necesitaba vencer militarmente a Estados Unidos, simplemente resistir y utilizar su privilegiada posición geopolítica con el estrecho de Ormuz. Gracias a ello, el petróleo sigue 40% más caro que antes del comienzo de la guerra, y las semanas pasan y los productos siguen encareciéndose. Queda claro que Teherán también sufre económicamente, pero no tienen a la vuelta de la esquina elecciones decisivas.

Trump regresó a la Casa Blanca confiando en la extraordinaria fidelidad de MAGA. Tal vez olvidó algo más importante: esa fidelidad tenía un precio. El mito fundacional de su regreso no era solamente hacer a Estados Unidos grande otra vez, sino devolverle una supuesta edad dorada de prosperidad que nunca llegó para millones de familias.

Al votante clasemediero de Ohio no le importa quién controla una instalación militar iraní si cada semana se endeuda más para llenar el refrigerador y el tanque del automóvil. Votó por America First y terminó pagando una guerra en Oriente Medio que nunca pidió y se lo van a cobrar a Trump en unas semanas.