Morir de hambre

Tenemos una deuda inmoral con 815 millones de seres humanos que no tienen nada.

En el momento que usted y yo estamos sosteniendo este diálogo, hay por lo menos 815 millones de personas en el mundo con hambre. Para algunos es sólo una cifra, sin rostro ni nombre; una realidad lejana que no tiene nada que ver con nosotros.

Son 155 millones de niños con vientres prominentes, que orinan poco, con escasas pestañas, el cabello destruido y la piel seca. Generaciones que no crecerán, que no podrán tener un desarrollo neuronal para cambiar su vida.

Gobiernos van, gobiernos vienen, organismos, agencias y otros actores se han propuesto por décadas un combate frontal y efectivo de la pobreza; pocos, muy pocos lo han logrado. Los demás siguen gastando recursos excesivos en programas que no combaten de fondo el problema y lo único que hacen es dar una aspirina a un enfermo terminal.

Ningún programa funcionará hasta que las personas que viven en esta condición tengan acceso a salarios dignos, servicios básicos de calidad y también la posibilidad de subir en la escala social y romper el ciclo de pobreza que en la actualidad parecería más difícil que inventar cualquier dispositivo tecnológico.

Al realizar un análisis de las cifras, la realidad mundial es lacerante. Si aglutináramos a la población de Estados Unidos y la Unión Europea sería el equivalente a aquellos que no tienen suficientes alimentos. El 80 por ciento de esas personas vive en los países en vías de desarrollo.

Adentrándonos un poco más en la radiografía, 60 por ciento de las personas con hambre son mujeres, cada diez segundos muere una niña o niño por causas vinculadas con la desnutrición. Son 2.6 millones de muertes anuales por hambre.

En nuestro país, las cifras no son mejores. Una de cada dos personas en México vive en la pobreza, somos el segundo país con mayor desigualdad de los miembros de la OCDE. Más de 45 por ciento de la población está en pobreza y, casi diez por ciento, en pobreza extrema. Siete de cada diez no pueden satisfacer todas sus necesidades básicas. Así nuestra realidad, aunque no queramos verla, la mitad de los mexicanos tiene hambre.

Más de un millón de nuestros niños mexicanos tienen desnutrición crónica. La población indígena lo padece peor, uno de cada tres niños desnutridos, 80 por ciento de ellos vive en pobreza. Los programas de combate a la pobreza en México puede que hayan auxiliado a miles a salir de la pobreza extrema, pero continúan en la pobreza moderada, un círculo vicioso del que parece que nunca lograrán salir o, por lo menos, no con las políticas implementadas hasta ahora.

Recuerdo hace unas semanas un debate con una señora de una posición económica bastante privilegiada que afirmaba: “En México no hay tanto pobre, son puras mentiras. Al menos yo veo sólo un par al día”.

Ella, una mujer con acceso a información y comodidades, desconoce que el Banco Mundial informa que mil 300 millones de personas son pobres en el mundo. No me quiero imaginar cuál será su opinión al enterarse que en México uno de cada dos niños y niñas lo es también.

El día que los gobiernos, la sociedad y todos los actores que confluyen en la economía nos demos cuenta que el problema de la pobreza está arriba y no abajo, realmente podremos generar soluciones eficaces para evitar que menos de 10 por ciento de la población mundial sea infinitamente rica mientras otros mueren de hambre.

Tenemos una deuda inmoral e inhumana con 815 millones de seres humanos que no tienen nada, mientras que otros acumulamos, adquirimos y desperdiciamos. El mundo produce suficientes alimentos para 10 mil millones de personas, pero el desperdicio, la desigualdad, la especulación, los conflictos y el cambio climático impiden que lleguen a quien más los necesita.

Twitter: @kimarmengol

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