Llegó la hora
Por más que la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca genere resistencia a nivel mundial, el momento ha llegado. Su ascenso puede resultar controvertido, conflictivo y lleno de desafíos, pero es una realidad que exige enfrentarse con seriedad y, con ello, delinear una ...
Por más que la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca genere resistencia a nivel mundial, el momento ha llegado. Su ascenso puede resultar controvertido, conflictivo y lleno de desafíos, pero es una realidad que exige enfrentarse con seriedad y, con ello, delinear una nueva política global. Es un hecho ineludible.
Quienes subestiman sus amenazas y arrebatos al considerarlos simples provocaciones o poco viables cometen un error grave. Comparar al magnate con su primer mandato ignora un contexto distinto: Trump ahora cuenta con un respaldo popular abrumador, reflejado en los resultados de los comicios, y un narcisismo político que lo impulsa a diseñar un legado duradero. No se trata sólo de los próximos cuatro años, como suponen algunos analistas; éste podría ser el inicio de una nueva era política.
¿Y LO WOKE?
Mientras algunos gobiernos siguen negándose a aceptar la realidad de una era marcada por el regreso de Trump y lo que representa su “versión 2.0”, las grandes tecnológicas y corporativos ya comienzan a adaptarse al nuevo panorama.
Siguiendo la estela de X (anteriormente Twitter) bajo la dirección de Elon Musk, Meta —la empresa matriz de Facebook, Instagram y WhatsApp— ha anunciado su compromiso de “restaurar” la libertad de expresión. Curiosamente, este despertar repentino de Mark Zuckerberg llega después de más de dos años de haber suspendido las cuentas de Donald Trump bajo el argumento de contener discursos de odio y violencia. Ironías del destino: quienes se erigieron como guardianes de los valores democráticos ahora abrazan el discurso que tanto censuraron.
Este giro tiene implicaciones profundas: la desarticulación paulatina de las políticas de Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI, por sus siglas en inglés), un pilar de la cultura woke que dominó el discurso corporativo de la última década. Para algunos, este cambio representa un regreso a la neutralidad ideológica y la defensa genuina de la libertad de expresión para todas las voces; para otros, es un paso hacia el desmantelamiento de los logros en materia de inclusión. Desde otra perspectiva, podría significar la revitalización de discursos que ciertos sectores califican como regresivos o discriminatorios.
Más allá de las narrativas en disputa, es innegable que las grandes tecnológicas actuaron durante años como árbitros globales del discurso, decidiendo qué voces se amplificaban y cuáles eran silenciadas. Ahora, este replanteamiento no se limita al ámbito digital. Gigantes corporativos como Walmart y McDonald’s parecen sumarse a la tendencia de redefinir sus estrategias internas, alejándose de un modelo que priorizó la corrección política y abrazando una postura más pragmática, alineada con las nuevas reglas del juego político y cultural.
Lo que está en juego no es sólo el destino de la cultura woke, sino el papel de las grandes instituciones, tecnológicas, políticas y económicas, en la configuración de los valores éticos y morales de una nueva era. ¿Cambio de paradigma o simple acomodo estratégico frente a un poder político que regresa con fuerza? El tiempo lo dirá, pero los movimientos ya hablan por sí mismos.
ORIENTE MEDIO
Después de 15 meses de una guerra aparentemente interminable en Gaza, no es coincidencia que, a sólo una semana de la toma de posesión de Trump, se anuncie un acuerdo de alto al fuego en Oriente Medio. Aunque el presidente saliente, Joe Biden, intente adjudicarse el mérito como un logro diplomático de su administración, la realidad apunta a otro factor: el acuerdo parece estar motivado más por el temor a los desafíos que representa el regreso de Trump al Salón Oval y su impredecible enfoque en la política internacional.
Sea como sea, Donald Trump no sólo es un referente en la política, representa todo un movimiento ideológico y cultural.
