La antesala del infierno
Mientras en Nueva York se reúne la Asamblea General para tomarse la tradicional foto del recuerdo que termina en el basurero de la historia, Israel lanza un encarnizado ataque al Líbano, solapado por el espaldarazo de los poderosos y la indiferencia de la comunidad ...
Mientras en Nueva York se reúne la Asamblea General para tomarse la tradicional foto del recuerdo que termina en el basurero de la historia, Israel lanza un encarnizado ataque al Líbano, solapado por el espaldarazo de los poderosos y la indiferencia de la comunidad internacional en general. Una muestra más de que el multilaterismo y el derecho internacional funcionan a conveniencia y son incapaces de proteger a los más vulnerables. Sí, los países rechazan unánimemente “la violencia de ambas partes”, invitando al diálogo y los buenos oficios, en medio de la muerte de más de 500 personas, incluidos niños, pero no pasa de ahí. Ninguna de estas ociosas reuniones cuenta con los instrumentos para detener lo que puede convertirse en una escalada regional de guerra.
Los habitantes del Líbano son las más recientes víctimas de la guerra entre Hezbolá y el gobierno de Benjamin
Netanyahu. En un eslabón más de la cadena de violencia que ejerce Israel en contra de sus vecinos buscando a grupos terroristas, los habitantes de ese país están siendo desplazados hacia el norte, temerosos de que el conflicto les alcance.
El lunes pasado, el ejército israelí lanzó una operación a más de 800 objetivos de Hezbolá, que es de las más letales de que se tenga registro en dos décadas. Una escalada de tensiones a menos de una semana de la explosión de cientos de localizadores y un ataque sobre Beirut. Violencia que deja miles de heridos, cientos de muertos y, de nueva cuenta, una ola de más de 100 mil desplazados y refugiados.
Ambos grupos se sienten víctimas y con derecho a la venganza. Las voces que claman sangre y destrucción lo hacen desde la comodidad de sus palacios, lejos del conflicto o el dolor que causan en sus propios habitantes.
Netanyahu se ha beneficiado del conflicto que parece hacer crecer en contra de sus vecinos, sin entender que su enemigo no son los habitantes de una nación o una raza, sino grupos que perfectamente pueden ser identificados.
Sus problemas políticos internos y la pérdida de popularidad se han difuminado con el dolor que causa la violencia a sus pobladores; que les hace crujir dientes y clamar en torno de una venganza que va mucho más allá de la ley del Talión.
¿Cómo podemos normalizar las imágenes de decenas de niños muertos, personas agonizando y destrucción de poblaciones enteras? Es vergonzoso escuchar los discursos de Donald Trump y Kamala Harris, que básicamente argumentan que Israel tiene derecho a defenderse por encima de todo, incluso desapareciendo un pueblo que hoy no le importa a nadie. Claro, es época electoral y no van a arriesgarse a perder un voto del poderoso lobby judío. La ironía de la situación, y para sorpresa de nadie, es que Benjamin Netanyahu ni siquiera cuenta con el respaldo unánime del pueblo hebreo y los mediadores árabes son los primeros en acusar que el primer ministro israelí es quien obstaculiza las conversaciones para llegar a un cese al fuego.
La venganza excesiva del gobierno israelí tras el atentado de Hamás en contra de civiles en la Franja de Gaza dio el pretexto para que el presidente de Israel grite las palabras de William Shakespeare: “Violencia estás de pie, toma el rumbo que quieras”.
Este camino sólo conduce al dolor, no construye ni edifica. Se ha normalizado la violencia vengadora con argumentos francamente pueriles: no hay razón para la destrucción de otros seres humanos que sólo son diferentes por haber nacido de otro lado de una frontera marcada por los hombres.
La comunidad internacional parece tolerar y normalizar estos conflictos regionales levantando los hombros y soltando expresiones cobardes, como decir que esos pueblos llevan toda su historia peleando.
Desgraciadamente, la Organización de las Naciones Unidas ha jugado un papel lamentable, pero no debe sorprendernos. Este organismo ha perdido autoridad moral, si es que la tuvo, puesto que están demasiado preocupados en defender a los fuertes, a los poderosos y sólo ver a las personas como si fueran un daño menor de la violencia.
La actitud es francamente cómplice, puesto que desde cómodas oficinas en Estados Unidos es fácil pedir prudencia y serenidad; ver como no graves las acciones excesivas de venganza de una y otra parte.
Es fácil olvidar desde esas torres de mármol, es muy fácil no sentir el dolor que padecen son las personas, especialmente las que menos tienen. Sin embargo, los líderes que permiten estas atrocidades deberían ser juzgados por una justicia que vaya mucho más allá de lo terrenal.
