Las últimas siete semanas del conflicto bélico que se vive entre Estados Unidos, Israel e Irán transcurren en absoluta incertidumbre. Para muchos, es un síntoma de que el ataque se llevó a cabo sin una ruta de acción clara y basándose en cálculos erróneos, como que se sería rápido doblegar a la nación persa y/o que sus propios ciudadanos aprovecharían la coyuntura para tratar de derrocar el gobierno. Ninguna de estas conclusiones resultó cierta.
Esta guerra no sólo se vive en el ámbito militar o económico. La batalla narrativa es la que más desgasta al exterior. Las versiones oficiales divergen y se contradicen. Washington, desde la red social del presidente Trump, transita de asegurar que destruyó la totalidad del arsenal nuclear iraní a mencionar un acuerdo y negociaciones definitivas, mientras que Teherán niega o mantiene ambigüedad sobre una mesa de negociación. En ambas versiones se adjudican un triunfo contundente y la derrota del enemigo.
Se conoce de sobra el carácter imprevisible y cambiante de la administración Trump; pero estas discrepancias sólo erosionan (más) la confianza mutua y dinamitan cualquier posibilidad de negociación. La ampliación del cese al fuego declarada ayer por Washington se recibe con incredulidad por Irán y hasta aseguran que es simplemente otra estrategia para nuevos ataques sorpresa. Imposible resulta olvidar que el comienzo de los ataques se dio en medio de conversaciones por la paz.
La alternancia entre los mensajes del presidente Trump, que oscilan entre un optimismo exacerbado al asegurar un fin inminente de la guerra y las amenazas de destrucción total y, sobre todo, la falta de claridad sobre la existencia de una estrategia coherente, ya le está cobrando una alta factura al líder republicano (y al mundo entero con la escalada inflacionaria).
Las encuestas más recientes de NBC News muestran que la aprobación presidencial descendió a un nuevo mínimo de 37%, con una clara mayoría rechazando la guerra. Una encuesta de CNN demuestra que 67% de los estadunidenses rechaza la guerra contra Irán y 61% asegura que no debe haber acciones adicionales.
Dos encuestas publicadas ayer sitúan la aprobación del presidente Trump en su nivel más bajo históricamente; 36% en un sondeo de Reuters y 35% en uno de Strength in Numbers-Verasight. Ocho de las nueve encuestas publicadas en el último mes le dan una aprobación en niveles de 30 puntos. La excepción fue la de Fox News, que lo ubica en 41%; incluso ésta encuesta refleja las peores cifras del presidente desde 2017. No es un tropiezo, es una tendencia a la baja que venía desde antes de esta guerra.
Por el lado de Irán, tampoco está claro del todo quién está tomando las decisiones tras el asesinato de figuras clave del gobierno, y esa falta de claridad y ambigüedad son parte de su estrategia, así como la presión sobre el estrecho de Ormuz. En cuanto a la estrategia de comunicación utilizada por la república islámica, está desmentir, una y otra vez, las afirmaciones de Trump y ridiculizarlo de todas las maneras posibles.
Mientras tanto, la opinión pública se erosiona y, con ella, la popularidad del presidente: ni las descalificaciones a sus adversarios ni los pasajes bíblicos que recita logran revertir esta tendencia. El costo político interno y externo es cada vez más evidente debido a la conducción improvisada de una guerra que nunca debió haber sucedido. Claramente, no se aprendió nada del capítulo de Irak.
