La era Donroe

La supuesta reconstrucción suena más a un negocio que a un proceso soberano.

Kimberly Armengol

Kimberly Armengol

Rompe cabezas

Resulta sumamente peligroso justificar la captura de Nicolás Maduro como un acto de emancipación democrática o una intentona por “liberar” al pueblo venezolano de su tirano. Esa argumentación resulta absurda, ilusa e infantil al escuchar el discurso de ayer de Donald Trump y Marco Rubio o simplemente hacer un repaso histórico. Se trata del fin del derecho internacional y la validación de acciones militares unilaterales so pretexto de restituir la democracia. Derrocar y/o secuestrar a Maduro no es un gesto de altruismo democrático.

Las acciones de Washington representan el retorno del imperialismo más explícito que hayamos visto en las últimas décadas. Se eliminó el derecho por la imposición de la fuerza y el fin del multilateralismo (o lo que quedaba de él) frente a la voluntad del presidente estadunidense en turno. De nueva cuenta, Estados Unidos se presenta como el árbitro de la democracia con atribuciones para ignorar las reglas del sistema internacional. Normalizar este tipo de intervenciones, bajo retóricas humanitarias (que ya utilizaron hasta la náusea en Afganistán, Kosovo, Libia, Somalia, Haití, Irak, entre otros) sienta un precedente para nuevas acciones militares unilaterales, destrucción sistemática de las instituciones y que otras naciones actúen de forma semejante avalados por sí mismos.

Venezuela representa el escenario idóneo para probar la Estrategia de Seguridad Nacional, bautizada irónicamente como Doctrina Donroe. Bajo este enfoque, los reflectores vuelven a América Latina y no como un socio estratégico; más bien como un problema para frenar la migración y el narcotráfico, pero, sobre todas las cosas, la expansión china. Caracas es el ejemplo claro del enfrentamiento ideológico con Washington y la cercanía y alianza con Moscú y Pekín. ¿La cereza del pastel? Las mayores reservas de petróleo del mundo.

La hoja de ruta de Donroe es obvia: presiones electorales (Honduras o Argentina), promoción de liderazgos afines (Bukele o Milei), incentivos económicos o castigos arancelarios.

TUTELA NEOCOLONIAL

Lo que se percibe a todas luces es convertir a Venezuela en un territorio bajo tutela y vincular la transición con el control de los recursos estratégicos. Donald Trump fue claro y directo en su mensaje de ayer: “Vamos a gobernar Venezuela hasta poder lograr una transición segura… vamos a tener a las más grandes empresas de Estados Unidos y el mundo que van a gastar miles de millones de dólares para reparar la infraestructura del petróleo”.

La idea de la tutela neocolonial es clara: la reconstrucción del país no busca restaurar los derechos humanos, las instituciones o el tejido social; más bien se concibe como la cesión anticipada de la infraestructura y riqueza petrolera con criterios de rentabilidad dictadas desde el exterior. La supuesta reconstrucción suena más a un negocio que a un proceso soberano.

Los cambios de régimen impulsados por Estados Unidos no conllevan la paz y la prosperidad que esperan sus nacionales. La historia reciente lo demuestra con Irak, Libia, Siria o Afganistán, países que quedaron fragmentados, con democracias frágiles y corruptas, sin liderazgos ni instituciones y un camino a la reconstrucción que nunca termina de comenzar.

AL CARAJO MARÍA CORINA MACHADO

Para Washington las figuras que encarnaron por décadas la oposición venezolana pasaron a segundo plano, comenzando por María Corina Machado, con todo y su Nobel y su carga simbólica. María Corina, tras insistir en una intervención extranjera y presentarse como lista para asumir el poder, recibió tremenda descalificación por parte de Trump que se refirió a ella como “una mujer muy agradable, pero no tiene el respeto del país, sería muy difícil gobernar para ella”. Edmundo González ni siquiera amerita mención alguna. Frente a los hechos, la oposición venezolana dejó de ser un interlocutor relevante.

Una vez tirados estos dados, la única salida legítima sería que los venezolanos decidan de inmediato en las urnas el destino de su país, sin miedo o influencias extranjeras.