Credibilidad vs. narrativa

Kimberly Armengol

Kimberly Armengol

Rompe-cabezas

Es irrisorio que la política haya dejado de debatir ideas y ahora comience a discutir la realidad misma. Estados Unidos, México y muchos otros países están atrapados en ello. A tres meses de las elecciones intermedias, Donald Trump enfrenta el peor deterioro de credibilidad de su segundo mandato. Las cifras son brutales. CNN coloca su aprobación en 34%, el mismo nivel que registró tras el asalto al Capitolio en 2021. La Universidad de Quinnipiac lo ubica aún peor: 32%, el registro más bajo de toda su presidencia, AP-NORC lo sitúa en 33 por ciento. A la misma altura en sus segundos mandatos, George W Bush tenía 37%; Barack Obama, 43%; Bill Clinton, 64 por ciento. Sólo Nixon, con el Watergate, estaba peor, con 24 por ciento.

Mientras cualquier político convencional buscaría recalcular la ruta, fortalecer la opinión pública o enmendar los errores, Donald Trump elige desmentir los datos duros con narrativa. Repite una y mil veces que tiene los mejores números que cualquier presidente de todas las épocas, la economía más fuerte jamás vista y el ejército más poderoso de cualquier galaxia. No presenta ningún dato que avale sus dichos y tampoco hace falta. Por lo menos para su base votante.

Antaño la política discutía sobre hechos y la interpretación de éstos. Hoy no hace falta; si una verdad es incómoda o una cifra es demoledora, basta con negarla. Si la realidad no coincide con la narrativa, habrá que torcerla lo necesario para que se ajuste a nuestros deseos. ¿Qué más da? Somos la generación con el mayor acceso a información de toda la humanidad, pero sólo basta que alguien con autoridad y poder grite más fuerte que la evidencia para creerle. Así de infantilizada está nuestra capacidad de análisis. Cualquier convicción puede derrotar la estadística.

Lo mismo sucede en el ámbito de la política exterior. Washington repite decenas de veces que Irán está aniquilado, no queda nada y que están rogando una y otra vez por un acuerdo de paz y, lamentablemente, ya nos acostumbramos a que Teherán lo desmienta cada tercer día.

México no es ajeno a este fenómeno de prestidigitación verbal. Son innumerables los políticos declarando que no hay violencia, corrupción o desabasto con el poder mágico de borrar la realidad y que millones de personas lo repitan y multipliquen su verdad. Las bases partidarias convertidas en sectas.

DE ECONOMÍA NI HABLAR

Trump también insiste en que Estados Unidos dirige la “mejor economía del mundo de todos los tiempos”. Pero el discurso no les basta a millones de estadunidenses que enfrentan una inflación persistente, el incremento sostenido de los productos básicos y el alza de los combustibles, y se preguntan por qué es tan difícil acabar el mes con su salario.

Las elecciones de noviembre próximo terminarán siendo el referéndum sobre la desconexión entre la narrativa y la realidad, y podremos medir qué tan profundo es el delirio colectivo.